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Terreno sagrado

Gustavo Arango

Escritor y profesor de literatura

14 de junio de 2018
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Marcela Villegas es un circo de tres pistas. Nació en Manizales y admite con orgullo que el hecho ocurrió en 1973. Es madre de dos hijos que derrochan talento y recuerda con nostalgia los tiempos gloriosos en que estuvo embarazada y era “como una diosa” que llevaba en su cuerpo toda la creación. Es una lectora “enfermiza” que se graduó de agronomía y estudios ambientales en California y, después de unas cuantas volteretas, derivó en traductora y editora de textos académicos. Dice ser “una bestia del trópico” que se ha pasado su vida adulta entre Colombia y los Estados Unidos. Un día decidió hacerse escritora y se tomó tan en serio el asunto que estudió una maestría en escritura creativa en Bogotá. Ahora su inquietud de trotamundos la ha llevado a la Florida, donde se estableció con su familia. Acaba de publicar una novela hermosa, sutil y estremecedora.

Camposanto (Sílaba, 2018) es un libro que se lee llorando. La historia gravita en torno a Amalia, quien reparte su vida entre su madre con Alzheimer (“siento que he parido una hija vieja”) y su oficio de lectora de huesos en un país donde la tierra tiene más tumbas que jardines. “Es imposible que sea feliz”, piensa Elena, su madre, en un destello de lucidez, “rodeada de muertos y de burócratas y de mujeres que perdieron a sus maridos o a sus hijos hace lustros”. Las relaciones entre madre e hija solían ser de una “honestidad brutal, inquebrantable”, pero con esa enfermedad que todo lo disuelve empiezan a asomarse las mentiras piadosas.

Amalia admite que manipular huesos la calma: “No soporto la sangre viva y su terquedad de río”. Abandonó una carrera promisoria en los Estados Unidos para volver a su país a meterse en el lodo. Cuando su profesor admitió que nada la detendría, le dijo: “Está bien, Escobar. Vaya a cuidar a sus muertos”. Es la única vez en todo el libro que encontramos su apellido. Amalia les pide perdón a los muertos antes de tocarlos. Siente que cada hueso limpio es una pequeña victoria. Se dice que su trabajo “aporta evidencias que permiten reconstruir las circunstancias de las muertes, castigar a los culpables, identificar a las víctimas y terminar con años de incertidumbre de los sobrevivientes”. Su oficio le ha enseñado muchas cosas. Sabe que la muerte no es una anomalía, que hay padres amorosos que pueden ser asesinos despiadados, que la disposición de los cadáveres busca sembrar terror entre los vivos. Pero hay algo de pavor en su manera de mirar a los vivos atareados con su fugacidad, en ese adivinar sus esqueletos agobiados, en su manera furtiva y dolorosa de robarse al amante de su madre.

Camposanto es un libro pulido, sin excesos, que ha encontrado una manera diferente de mostrar, al mismo tiempo, el olvido más íntimo y el olvido nacional. Su humor, obligatoriamente, es descarnado. Su grito contenido, sus gestos inútiles y su cosecha de huesos están llenos de promesas.

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