Generaciones de latinoamericanos entendimos el melodrama gracias a México. Los que crecimos viendo telenovelas mexicanas, escuchando rancheras, riéndonos con el Chapulín Colorado, comprendimos que era muy importante saber quiénes eran nuestros padres, porque de eso podía depender un emporio empresarial o una herencia. Y nos tranquilizábamos de cualquier despecho con aquella creencia, alimentada por miles de finales parecidos, de que al final el amor prevalecería.
En Coco, la más reciente película de Pixar, parece probable que la misma minuciosa investigación que les permitió a los artistas de la animación primero recrear casi al detalle los negocios pintorescos, las plazas y los puestos de artesanías del ficticio pueblito de Santa Cecilia, donde...