Pico y Placa Medellín
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No hay manera de creer en las lágrimas que derrama al final de la película, congestionado, Marty Mauser. No porque estén mal actuadas —no lo están, es un llanto tan verosímil como todo lo que hace Timothée Chalamet encarnando a Mauser durante dos horas y media, en un intenso ejercicio actoral que probablemente le dé el Oscar en marzo— sino porque nada de lo que le ha pasado al personaje durante la historia y ninguna de sus acciones hasta ese momento pueden hacernos pensar que algo ha cambiado en él, que ya no es el insufrible y creído muchacho del comienzo de Marty Supremo, cuando lo vemos derrochando encanto y habilidad como vendedor en el almacén de zapatos de su tío, y que ahora llora porque por fin algo distinto a su vanidad lo ha conmovido.
Así la película esté basada vagamente en la vida de Marty Reisman, que fue un gran jugador de ping-pong en los cincuenta y también, siendo favorito, perdió con un contrincante japonés en un campeonato mundial (aunque en una ronda inicial y no en la final, como ocurre en la cinta, su rival sí se llevó la medalla de oro en la competencia) el resto de cosas que le ocurren a Marty son pura ficción y hacen parte de la serie de peripecias a las que les gusta exponer a sus personajes a los hermanos Safdie, Benny y Josh, como lo hicieron con el criminal de medio pelo que encarnaba Robert Pattinson en Good time o con Howard Ratner, el joyero apostador compuesto por Adam Sandler en Diamantes en bruto”. Lo que ocurre con el frenesí con el que pasa todo en las películas de los Safdie (así aquí Josh dirija solo y además se encargue de la edición y de la escritura del guion junto con Ronald Bronstein) es que es muy efectivo para mantener pegada de sus sillas a la audiencia, pero lo es menos a la hora de lograr definir el carácter interior de sus personajes. En Marty Supremo pasa lo mismo. Creemos intuir que la ambición es la gran motivación de Marty, pero a veces pareciera que es más la necesidad de trasgresión o el deseo de lo prohibido (seducir a una mujer casada, robarse un pedazo de una pirámide egipcia, humillar a un poderoso empresario) lo que lo hace tomar sus decisiones.
Varios de los otros elementos de la narración cinematográfica son notables en Marty Supremo. El diseño de producción del veterano Jack Fisk, usual colaborador de Paul Thomas Anderson, es especialmente logrado y consigue transportarnos a una época, pero también vendernos la escena del ping pong neoyorquina con un aura de maleantes y asesinos digna de una película de Scorsese. La música llena de sonoridades eléctricas de Daniel Lopatin es contundente y funciona en muchos momentos como un puente entre las canciones que sí concuerdan con la época narrada y las que no, como aquella Forever young, de Alphaville. Y la fotografía del maestro Darius Khondji es poco menos que perfecta. Si juntamos esto con la soberbia actuación de Chalamet pareciera que Josh Safdie quiso encandilarnos con el fin de que pasáramos por alto tantos deux ex machina que van apareciendo y que restan brillo a esta persecución épica de caminos intensos y objetivos inasibles. Esta Odisea tan intensa y ligera a la vez como un gran partido de ping-pong.