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El país y su escena rockera recibieron una noticia desalentadora: La Pestilencia anunció su final, su retiro de los escenarios. Y en ese sentido no es solo una banda a la que se le despide. Va mucho más allá de no volverlos a ver en vivo, más allá de su sonido potente y de su legado indiscutible.
En el anuncio de la despedida, Dilson Díaz dijo unas palabras que me quedaron resonando con fuerza. Parafraseándolo, recordó que hace cuarenta años la banda empezó a narrar un país eclipsado, roto por dentro, lleno de cicatrices, de dolor, de un “no futuro” permanente. Y lo más inquietante es que esas mismas letras que escribieron hace cuatro décadas, esas canciones cargadas de rabia y precisión, siguen vigentes hoy, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si el país que denunciaron siguiera atrapado en lo mismo. Quizá por eso también llega el momento del retiro. Porque el agotamiento no es solo físico sino emocional.
Durante todos estos años, La Pestilencia fue un grito que aprendimos a cantar con los dientes apretados. Fue distorsión contra el olvido, batería contra la mentira, poesía rabiosa en medio del caos. Pero también fue algo más: una alegría absoluta para disfrutar en vivo, esa sensación colectiva de estar gritando juntos contra lo que nos duele. Ellos nos enseñaron que el rock no era escapismo sino resistencia. Que la rabia también podía ser memoria.
Su discografía –La muerte... un compromiso de todos (1989), Las nuevas aventuras de... (1993), El Amarillista (1997), Balística (2001), Productos desaparecidos (2005), Paranormal (2011) y País de titulares (2018)– es una obra construida a pulso durante cuatro décadas. Más que una sucesión de discos, funciona como una crónica rabiosa del país. Por eso, cuando una banda así anuncia su despedida, lo que sentimos no es solo nostalgia. También es respeto.
Legado, lealtad y coherencia son palabras que describen bien la sensación con la que quedamos no solo los fanáticos de La Peste, sino muchos seguidores del rock colombiano. Durante décadas sostuvieron una postura clara frente al país, frente al poder, frente a las injusticias. Nunca se acomodaron. Nunca bajaron el volumen de lo que querían decir. Y eso, en un mundo donde todo parece negociable, vale mucho.
La banda anunció que se despedirá con un nuevo disco. Las canciones empezarán a aparecer pronto y habrá un único concierto de despedida en Bogotá, en noviembre. Ojalá el país pudiera tener una gira final para abrazarlos en un solo grito colectivo. Sería hermoso verlos despedirse también en otras ciudades. En Medellín, por ejemplo, sería inevitable imaginarlos en el escenario del Festival Altavoz, cerrando un ciclo frente a un público que también creció con su música.
Por ahora solo queda agradecer a todos los que hicieron de La Pestilencia una institución respetable del sonido duro, de la letra afilada y del reflejo incómodo de nuestro país. A Héctor Buitrago, Francisco Nieto, Jorge Pineda, Carlos Escobar, Andrés Erazo, Javier Valencia, César Botero, Marcelo Gómez, Isabel Valencia, Carlos Marín y, por supuesto, a Dilson Díaz.
Confieso algo: pensé mucho el título de esta columna. Como periodista y escritor siempre me ha gustado titular, encontrar la frase que condense una historia. Por eso decidí llamarla La Pestilencia anuncia su muerte, evocando su canción del disco Balística de 2001.
Pero al terminar de escribir estas líneas me doy cuenta de lo equivocado que estaba. Porque La Pestilencia no va a morir. Seguirá resonando en los gritos de los inconformistas, en el peso de las injusticias nacionales, en la violencia que aún nos atraviesa, en la política que tantas veces nos indigna, pero también en la esperanza y en la memoria de cientos de miles de rockeros que crecimos con sus canciones. Y mientras exista alguien dispuesto a incomodarse con la realidad de este país, La Pestilencia seguirá sonando como una alarma incómoda que nadie pudo, ni podrá, silenciar.