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Noticias de un reino llamado Aranjuez

03 de junio de 2019
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¿Será posible confirmar alguna vez si Barrientos, “sacerdote y todo”, tuvo un hijo? Juan Guillermo Valderrama Santamaría, el autor de Cuando la felicidad costaba dos pilas (Editorial U. de A., 2017) no se atreve a confirmar ese rumor, pero no puede dejar por fuera un detalle semejante en esta historia de barrio que en cierto modo es una historia de la humanidad.

Si le da voz a delincuentes, ¿qué daño puede hacerle a la imagen de Barrientos, cuyo busto se erige en el atrio de la iglesia que levantó a punta de empanadas y veladoras, un rumor que a lo sumo puede hacerlo más humano?

El padre Barrientos es una de las presencias constantes en esta historia sagrada de un barrio que nutrió en buena parte el alma de esta ciudad de desplazados. Hay otros personajes: “Pacho Troneras”, uno de los ladrones más renombrados de la ciudad; Absalón Vargas, el inspector del barrio; los doctores Ramírez, “padre e hijo, la salud del barrio”; al lado de casi todos los vecinos que fueron y vinieron y vivieron y murieron o se fueron del Aranjuez-San Cayetano de los últimos cincuenta años.

Esta historia no sería tan verdadera si un atildado estilista hubiera venido desde fuera, a mirar por sobre el hombro ese universo colgado en la montaña. Hacía falta un hijo suyo, uno que jugó fútbol en sus calles, que se subió a sus techos, que se enamoró de las vecinas, un sobreviviente que en la inquieta balanza entre el bien y el mal encontrara el oficio de cronista.

El estilo de este libro es irregular y hermoso. Es como el testimonio ahogado de quien acaba de presenciar una balacera. Por momentos tiene un tono bíblico, como cuando cuenta la creación de su mundo en siete días. Por momentos parece que el directorio telefónico se ha vuelto poesía, como cuando se dedica a contar la historia de cada una de las casas de la carrera 50B entre las calles 90 y 91, como la vio y la vivió desde su condición del menor de los hijos del profesor Valderrama.

Cada historia es sublime. La del hombre que cada semana se compraba unos pocos ladrillos y, con los años, construyó un edificio. La de la mujer bella que terminó viajando al exterior y casándose con un gringo. La del músico ciego que se ganó el respeto de todos cuando apareció en El Show de las estrellas. Hay una compasión casi sobrenatural en la manera de acercarse, de querer entender, los motivos de uno de los secuestradores de Leonidas Garcés o los de un sicario que se ganó una fama inmerecida de asesino de policías.

El autor sabe que el tiempo es un naufragio y que lo que uno no salva es probable que no lo salve nadie. Están los objetos: el radio que con dos pilas le regalaba el mundo, una mesa de planchar que le servía de refugio, unos pantaloncitos cortos con flequitos y blusas que dibujaban las “yolandas” de las chicas. Hay carros, patines, gente que se drogaba con Mejoral. Hay monaretas, botellas de leche, animales (Danger era un Valderrama más, en “esos tiempos en que los perros eran perros”), y hasta los contenidos de las canecas de basura de los vecinos adquieren proporciones de leyenda.

El sabor que nos queda con este cantar de gesta es que algo sustancial ya se ha perdido, ahora que “ni vecinos quedan”. Las mil y una noches de un barrio nos dicen que hubo un tiempo en que la gente era más gente y cada uno, por muy crápula que fuera, tenía la dignidad de un soberano.

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