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En un país como Colombia, donde la actualidad es como un vendaval de noticias y de sucesos que no para, suele pasar que los estrenos de cine coinciden con hechos o circunstancias que permiten una lectura distinta a la que se da en otras latitudes. Ocurrió hace una semana —si usualmente leen esta columna, lo recordarán— con el estreno de Estado de silencio, el documental mexicano estrenado en Netflix que retrata la vida desesperada de cuatro periodistas, una muestra de la situación crítica en la que se encuentra el periodismo en ese país y que, mostrando la estrategia de Andrés Manuel López Obrador para desprestigiarlo, nos recordaba varias de las frases usuales y desafortunadas que emplea contra el oficio el presidente Gustavo Petro acá en Colombia.
Pasa de nuevo esta vez con El mal no existe, la más reciente película de Ryûsuke Hamaguchi, el director y guionista japonés nominado al Óscar hace un par de años por la bellísima Drive my car, que incluye Mubi desde esta semana en su catálogo. En otra fecha, probablemente este texto se centraría en la bellísima fotografía que consigue Yoshio Kitagawa en el entorno rural donde se desarrolla la historia, en la ternura de ciertas situaciones, tan escasa en el cine actual, o en el hecho de que buena parte de la crítica trató con excesiva amabilidad esta película, por el respeto que se ha ganado Hamaguchi con su trabajo previo, más que por los logros narrativos que realmente consiga la película, bastante discutibles.
Pero como estamos en medio de la COP16, esta fábula pequeña y excesivamente contemplativa se convierte de pronto en una parábola de resonancias inesperadas. Takumi, el hombre de pocas palabras que vive en este pueblito apartado con Hana, su hija de ocho años, encarna el vínculo que deberíamos tener con nuestro entorno, y el respeto y la comprensión que se esperaría del ser humano, si se viera a sí mismo como parte de un ecosistema y no como el soberano al que otros seres rinden pleitesía. Y, por contraste, esos patéticos ejecutivos publicitarios que intentan convencer a los vecinos de las bondades que traerá para todos un proyecto de glamping que se instalará en el lugar, se ven igualitos a tantos ejecutivos y funcionarios que se enorgullecen de saber qué es lo mejor para una comunidad o para un territorio, sin haberlo vivido ni caminado, pero segurísimos de lo que dicen porque lo han recorrido a través de Google Maps.
Porque, aunque El mal no existe muestra desde su mismo título la ironía con la que aborda Hamaguchi el asunto, es en su visión sarcástica sobre algunos de los vicios contemporáneos, en contraste con las palabras de ciertos profetas del desarrollo o con los discursos afiebrados de los ambientalistas a ultranza, donde la película adquiere una fuerza de la que carece por sí sola. Una advertencia sobre tantas desgracias causadas por gente que cree que hace el bien. Gente que jura que sus razones particulares son lo mismo que tener la razón.