Los elogios generales de la lectura tienen un problema: fomentan la venta de los libros, pero olvidan que el mundo está lleno de libros malos: apenas redactados, llenos de engoladas preceptivas y profundidades fingidas.
Como la vida es breve y apenas alcanza para leer unos pocos libros, me he construido con los años un radar para identificar en pocos párrafos si vale la pena seguir leyendo un libro de ficción. Hay dos criterios que rara vez fallan: los nombres de los personajes y los diálogos.
Lo de los diálogos parece obvio, pero no lo es. Hay muchos que ponen a sus personajes a hablar como robots: a una pregunta le sigue una respuesta perfectamente articulada y coherente y, en ocasiones, se desliza información que es pertinente para entender la trama. Pero la conversación es como un río lleno de corrientes encontradas, traicioneras, de desvíos y cosas inesperadas o inexpresadas. Nombrar es todavía más difícil. A estas alturas del partido, el autor que se tome en serio su realismo puede que venda mucho pero está haciendo que perdamos tiempo valioso. Dicen más de la vida Faber Inmorales o Jonathan Swift Troncoso, que cualquier Jorge o Alberto.
I love you putamente (Sílaba, 2018), la novela de Esteban Carlos Mejía, pasa esas pruebas como Usain Bolt ganaba los cien metros planos. También sigue de largo por pruebas más difíciles, como la de narrar y describir los encuentros amorosos -o sexosos, diría su protagonista- que abundan y son una delicia y no podrían citarse en un periódico azul, porque al ruborizarse se pondría morado. Ahí sí es verdad que se distingue quién es quién. Superadas las pruebas del radar, solo queda mirar el uso del lenguaje en general y en eso Esteban Carlos es todo un general.
En “Kafka y sus precursores”, Jorge Luis Borges afirma que el escritor crea sus precursores. Lo que quiere decir -creo- es que con cada voz original hay un encuentro de voces previas, dispares, que nunca antes se habían encontrado. Tengo la sospecha de que la literatura colombiana se ha movido arrastrada por dos vertientes: la de García Márquez y la de Andrés Caicedo. Sospecho también que hace rato Caicedo ganó la batalla, porque el personaje sobradorcito que se mueve por los bajos mundos está calcado por todos lados. Pero en el libro de Esteban Carlos -que además es un maravilloso cancionero- la influencia de Caicedo se matiza con la presencia de otros precursores, como Hernán Hoyos, por ejemplo.
Como supongo que mis lectores son gente fina, diré que Hernán Hoyos es un clásico del erotismo popular, cuyas ediciones baratas se vendían en los kioskos callejeros por allá en los años setenta del siglo pasado. Sueño con el día en que veré reunidas las obras completas de esa gloria -aún no reconocida- de las letras nacionales. Pero divago. Lo que quiero decir es que cuando a Andrés Caicedo se le unen en el coro Hernán Hoyos y en las maracas Jorge Isaacs -porque ese taxista florido no puede ser otro-, el resultado es fenomenal. Y no recuerdo haber visto antes reunido ese gran combo donde resuenan muchos más.
I love you putamente es un libro vertiginoso, risueño y doloroso, sobre esa ciudad donde todos son sicarios hasta que demuestren lo contrario. La historia de este hijo ilegítimo es un heredero legítimo de la mejor picaresca. Es una comedia de errores sobre ese “golfo de Aburrá” -racista, clasista, ingenuo y cínico- donde todo el mundo ríe porque se le olvidó llorar.