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Columnistas | PUBLICADO EL 02 octubre 2022

Vendedor de paletas vs. Pastorcito mentiroso

Aunque ya perdimos la cuenta de las veces que el alcalde ha perdido la elegancia, la sindéresis y hasta la credibilidad en el debate, esta vez se retractó diciendo que vender paletas no es un insulto.

De la serie “insultos que no lo son”, recientemente el alcalde de Medellín le hizo una “amable” sugerencia al exalcalde Federico Gutiérrez: “Póngase a vender paletas o algo así”. Como siempre, después de tirar esos búmeran al aire, cuando siente que se devuelven hacia él y lo golpean, Daniel Quintero saca a relucir la historia de su vida una y otra vez, para tratar de desembarrar las embarradas constantes que comete.

Aunque ya perdimos la cuenta de las veces que el alcalde ha perdido la elegancia, la sindéresis y hasta la credibilidad en el debate, esta vez se retractó diciendo que vender paletas no es un insulto. Que es un trabajo digno. Que, afortunadamente, ahora sí les estamos comprando cositas a los vendedores ambulantes (antes de 2020 se morían de hambre en las calles). Que vender paletas no es denigrante. Que nadie tiene que sentirse menos que nadie en razón del oficio. Que él pasó de vender confites en los buses a ser ingeniero, empresario, viceministro y finalmente alcalde, puesto al que llegó para salvar a Medellín, a los vendedores, a los hijos de los vendedores y así sucesivamente hasta la eternidad. Ah, bueno... Muchas gracias en nombre de todos los mortales que habitamos este valle, ahora de lágrimas.

Tiene razón en que ningún trabajo es deshonroso. Tanta dignidad existe en un cargo de poder como en el albañil, en quienes venden mazamorra a grito herido, en el médico que deja la piel en una sala de urgencias atestada de pacientes, en la maestra que lidia con treinta niños en un salón ruidoso, en el que vende bolsas de basura y varitas de incienso puerta a puerta... Pero en todos los oficios se hace ineludible una condición: la calidad humana. Y esa no la tiene cualquiera, por muchos títulos que ostente en su hoja de vida.

Calidad humana se define como “la capacidad que tienen las personas para cuidar los vínculos humanos”. Y no hay que hacer un curso avanzado de psicología para entenderlo. Se trata de una serie de actitudes que parecen simples, pero en el fondo son muy significativas:

Tanto si se es un líder como si no, tiene que ver con el respeto, la coherencia, la ética, la solidaridad, la decencia, la bondad. Tener calidad humana es ser capaz de guiar a las personas hacia un objetivo común sin necesidad de trapear con ellas. Es poder resolver las diferencias sin insultos. Es afrontar las situaciones de acuerdo con la madurez que, se supone, dan los años. Es mirar hacia adelante sin recriminarle hasta al viento por el pasado. Es evitar hacer daño deliberadamente. Es inspirar confianza en vez de miedo. Es ser buena persona, en dos palabras. La calidad humana no sale en un paquete de papitas, sino de adentro de uno mismo.

Y es verdad: vender paletas no es denigrante. Pero perder la credibilidad, cual “pastorcito mentiroso”, sí que lo es 

Elbacé Restrepo

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