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Columnistas | PUBLICADO EL 01 marzo 2015

UN ASESINATO COBARDE

PorFernando VELÁSQUEZ V.fernandovelasquez55@gmail.com

Ana Milena Torres Díaz era una hermosa joven, de apenas veintidós años de edad –oriunda de Facatativá–, que estudiaba para ser auxiliar de aviación, cuyo cadáver fue encontrado embalado en bolsas plásticas y tirado a orillas del caño El Arzobispo, en Bogotá, el seis de febrero; al observar su fotografía en los medios de comunicación (http://www.elcolombiano.com/ 20-02-2015) se le ve como una persona llena de esperanza, que lucha por salir adelante en medio de esta conflictiva situación social.

Pronto, con las pesquisas policiales, se identificó a Jhon Alexánder Ulloa Anturi –con la misma edad de la víctima–, vigilante del Edificio de la Orquesta Filarmónica de la capital, quien después de quitarle la vida le hurtó su teléfono celular y un anillo; según dijo el desalmado, “no abusé sexualmente de ella; quitarle la vida fue un accidente”. ¡Vaya desfachatez! ¡La escala de valores es tan baja que cercenarle la yugular a una joven es un acaecer sin ninguna importancia; el respeto por la vida ajena ha dejado de existir y ya no reverenciamos el dolor humano!

Desde luego, la responsabilidad penal es individual y esa monstruosidad no quedará en el olvido porque el imputado aceptó los cargos formulados por la Fiscalía y, tras la audiencia de medida de aseguramiento, fue recluido en una cárcel (http://www.eltiempo.com/ 23-02-2015) donde, es casi seguro, se dañará aún más su personalidad antisocial, porque el sistema penitenciario es un desastre. A decir verdad, de algo sirvió que la propia comunidad de Teusaquillo se movilizara –hubo una marcha de, por lo menos, quinientas personas– para reclamar justicia y evitar que el crimen quedara en la más absoluta impunidad (http://www.hsbnoticias.com/ 16-02-2015).

Lo que ahora llama a la necesaria reflexión es la forma repetida como personas desadaptadas, movidas por la codicia, cometen este tipo de hechos pese a que el producido de esas brutalidades es una pequeña suma de dinero, mucha indignidad y un inmenso dolor para las víctimas; también, estremece que esta sociedad enferma tolere actos tan reprobables en medio de la indiferencia, la apatía, la despreocupación por el otro y la falta de solidaridad que acompaña a autoridades y particulares.

Poco importa si los sacrificados son niños, ancianos, padres de familia, jóvenes universitarios, mujeres embarazadas, etc., porque a nuestros ineptos dirigentes solo les interesa hacer demagogia, rifar casas, planear el reparto del erario para las próximas elecciones, disfrazarse para el carnaval, prometer paraísos y arrebatar las esperanzas. Solo de vez en cuando, como en el caso de Florencia, se acuerdan y eso porque la brutal muerte de los cuatro menores sirvió para que la impasible Fiscalía se lavara las manos y el propio presidente –que vive en permanente campaña– se mostrara ante las cámaras como el más enconado perseguidor de la delincuencia.

Por supuesto, tan horripilantes comportamientos no se previenen con la cadena perpetua o la pena capital, como –de forma equivocada, de la mano del populismo punitivo– reclama el señor general de la Policía Nacional Rodolfo Palomino, porque de nada sirven las penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes proscritos por la Constitución (artículo 12), cuando lo requerido es una auténtica persecución penal y una probada justicia. Hay que dejar de pensar siempre en clave de represión y acudir a la prevención; ya es hora de que, de verdad, nos dediquemos a perseguir a los criminales y a legislar sin preocuparnos de los medios de comunicación.

Además, urge replantear a fondo todo el plexo axiológico para que sean la educación masiva y la siembra de valores los mayores antídotos contra el actual vulgar materialismo, de tal modo que florezca el amor por la vida y la dignidad alumbre la existencia en medio de una verdadera paz. Esta muerte, pues, como la de tantos compatriotas anónimos que no son noticia, tiene que hacer estremecer el alma hasta que un inmenso dolor crispe los puños y un nudo en la garganta ahogue las palabras.

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