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Columnistas | PUBLICADO EL 20 octubre 2022

¿Somos libres?

Nos abruma la libertad absoluta. No sabemos tomar decisiones cuando el espectro de posibilidades es demasiado amplio. Por eso nos cuesta tanto elegir.

  • ¿Somos libres?
  • ¿Somos libres?
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Es posible que mi primer arrebato de libertad me haya llevado a embutir dos mudas de ropa en una mochila con la idea de irme de casa porque no me dejaban hacer lo que yo quería. Tenía ocho años y la iniciativa me llevó hasta la portada de la finca. Allí caí en cuenta de que estaba lejos de la autopista, no tenía dinero ni tampoco ningún lugar a dónde ir. Las nubes amenazaban tormenta. En la cocina olía a comida recién hecha, la risotadas de mis hermanos reverberaban a lo largo de los corredores, el perro dormitaba calientito sobre la alfombra de la sala. Recuerdo haber pensado que el precio por mis comodidades no era tan alto después de todo, bastaba hacerle caso a la mamá y ponerme a organizar mi cuarto. Solo por ese día renuncié a mi libertad de elegir ser desordenada. Pasarían años antes de que descubriera que la añorada libertad tampoco vendría con la edad adulta. Ya nadie me obligaba a ordenar el cuarto pero debía trabajar para pagar mis cuentas.

«Puede que la mayoría de personas en este mundo no deseen, en realidad, ser libres. Solo están convencidos de que lo desean. A la gente de hecho, le gusta la falta de libertad», dice Oshima, un personaje de Murakami en 1Q84. Yo creo que tiene mucha razón. Nos abruma la libertad absoluta. No sabemos tomar decisiones cuando el espectro de posibilidades es demasiado amplio. Por eso nos cuesta elegir desde una carrera universitaria hasta un plato de comida si acaso el menú es demasiado extenso. Más posibilidades de elegir solo significa más posibilidades de equivocarnos. Elegir una cosa implica renunciar a todas las demás y si el abanico de renuncias es muy amplio podría pasar que, en vez de disfrutar de lo elegido, nos quedemos añorando lo descartado. Por eso, el mejor plato siempre es el de la mesa contigua y el vecino, por supuesto, parece haber escogido una mejor carrera.

Rousseau afirmaba que la civilización nació cuando la especie humana empezó a levantar barreras, por lo tanto, las civilizaciones son producto de la falta de libertad en las parcelas. No somos fruto de lo que elegimos sino de lo que dejamos de elegir: la familia, la nacionalidad, la religión, las leyes, el territorio, los profesores, los jefes, nada de lo anterior es elegido por nosotros y, sin embargo, rige gran parte de nuestra vida. No obstante, se nos llena la boca hablando de libre mercado, elecciones libres, medios libres, libertad de pensamiento, libertad de opinión, libre albedrío. ¿De verdad creemos que tanta libertad existe?

Por mí, hace rato sería la única habitante de una isla desierta. Admito ser de las que sueña vivir al margen de la sociedad para no tener que regirme por sus convenciones aún sabiendo que liberarme de ellas solo revelaría la imposibilidad de vivir. Tal vez no, no aprendí lo suficiente de mi primer arrebato de libertad a los ocho años, lo único seguro es que sigo siendo tan desordenada como en ese entonces y aún guardo la esperanza de encontrar una isla desierta.

A Martín, que ahora vuela alto y libre y eterno

Sara Jaramillo Klinkert

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