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Por Juan Jesús Aznárez
Sin la intervención de los marines, o el secuestro de la dirección chavista en una operación quirúrgica como la que acabó con Bin Laden, difícilmente será posible el derrocamiento de Nicolás Maduro. Los alzamientos militares parciales no prenden en la tropa porque la depuración de los cuartos de banderas ha sido profunda desde que el fallido golpe del 2002 estuviera a punto de laminar la revolución de Hugo Chávez. Hasta ahora ningún general, coronel o teniente coronel con mando en tropa se ha sublevado. La lealtad de los cuadros castrenses al régimen bolivariano responde a causas muy diversas: desde la lealtad ideológica y el nacionalismo, a la corrupción, el chantaje o el temor.
El Gobierno de EE. UU. reitera que, de momento, ha optado por descartar la intervención militar en Venezuela, para profundizar en el estrangulamiento de su economía para hacer insoportables las condiciones de vida de los venezolanos y provocar la caída de Maduro. Aunque todas las opciones siguen encima de la mesa, la baza del colapso económico avanza a buen pie y la precariedad de la vida diaria es cada vez más abrumadora. Sin embargo, todavía no se ha producido el estallido social que, según esos planes, ya debería haberle sacado.
Seguramente, habrá varios factores que expliquen el porqué la gente sigue prefiriendo malvivir, aguantar el chaparrón, a cambiar de sistema, es decir, a cambiar a Maduro por Guaidó. Solo me voy a referir a una de esas posibles causas. Está comprobado históricamente que cuando las condiciones de vida de un país se tornan miserables se producen corrientes migratorias hacia otros países. Simplificando, en Venezuela el sector social más inquieto se identifica con la oposición política. Los opositores se consideran más civilizados, preparados y emprendedores que los chavistas, despectivamente llamados chaburros, neologismo con las palabras Chávez y burro.
Parece ajustarse a la realidad que entre dos y tres millones de venezolanos han emigrado en los últimos años. El grueso de esa emigración no la forman las clases más desposeídas y paupérrimas sino las capas altas, medias y, quizá, algunos pertenecientes a la parte superior de las bajas. Es decir, las capas en las que la oposición tiene fuerza.
Si eso es así, la oposición ha perdido entre dos o tres millones de seguidores de alta calidad política que, en las actuales circunstancias, hubieran podido tener un gran peso a la hora de encabezar o potenciar los movimientos de protesta que pusieran a Maduro en la calle. La estrategia norteamericana se asemeja a la de quien escupe hacia arriba: destruye económicamente Venezuela para que la gente se levante contra Maduro, pero consigue que una parte importante de esa gente se vaya a otros países y deje pendiente tumbar al Gobierno.
Los que se quedan, o no quieren el cambio de sistema o no tienen el empuje de los que se han ido; quizá eso explique, en parte, las enormes dificultades de Guaidó para encontrar respuesta a sus convocatorias. El poder de convocatoria de la oposición es mayúsculo, pero al no generalizarse en ciudades, municipios y universidades, no logra su objetivo. Aunque el oficialismo también agrupa multitudes desde 1999, el declive numérico de las concentraciones revela el alejamiento de sus bases electorales, cansadas de tanto desgobierno y penalidades, tan atribuibles a la incompetencia bolivariana como al boicoteo yanqui. EE. UU. sigue intentándolo, y más pronto que tarde deberá descubrir las cartas para que la coalición internacional y el mundo sepan hasta dónde está dispuesto a llegar para establecer en Venezuela una democracia.