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Uno no puede dejar de preguntarse qué busca Petro, mientras alimenta una conversación tóxica en redes.
Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com
Hay dolores que no necesitan explicación. Solo se sienten. El 10 de agosto, al comenzar la semana, la tierra se sacudió y nos recordó, con brutalidad, lo pequeños que somos ante la naturaleza.
Lo que vino después fue una herida abierta para el país: familias desaparecidas en segundos, lugares transformados para siempre y cifras que muestran la devastación: 329 muertos, 234 desaparecidos, 4.600 heridos, más de 31.000 viviendas destruidas, 16 departamentos y 494 municipios afectados. También, 317.137 personas afectadas, 175.397 viviendas averiadas, 31.450 destruidas, 5.884 edificios con daños y 574 colapsados.
La solidaridad fue el mejor aliento en medio de la tragedia. La encarnaron quienes entregaron sus escasos ahorros, quienes llegaron con tres libras de arroz porque era lo único que podían dar y los miles de voluntarios que organizaron toneladas de ayuda en centros de acopio desbordados. También el sector empresarial —ese al que quisieron pintar como enemigo de la gente— se volcó a ayudar con $1,5 billones para la reconstrucción. No es un dato menor: esa misma cifra fue la que se robaron en la UNGRD a punta de corrupción en el gobierno pasado.
Frente al terremoto, Colombia mostró que sí podemos ser un país viable cuando sabemos unirnos. Sociedad civil, empresarios, instituciones y ciudadanos acompañaron —sin reemplazar— a los afectados y a un gobierno diligente, con sentido patrio, que estuvo a la altura y entendió lo urgente: salvar vidas. Eso no se puede dejar echar a perder.
Ahora viene la reconstrucción. Habrá que levantar el ánimo de las zonas afectadas y también casas, colegios, hospitales, escuelas y todo lo que quedó en el suelo. El desafío es enorme. Los informes técnicos advierten que el país podría tardar cerca de 40 años en recuperarse. La pérdida total ronda los $30 billones, una cifra que obliga a Colombia a elevar su productividad para amortiguar un impacto cercano a un punto del PIB.
Pero ante semejante reto, duele saber que aparecen voces dispuestas a borrar la unión del país para pescar intereses propios en el dolor ajeno. Eso es mezquino. Basta detenerse en lo que ha dicho y hecho Gustavo Petro. Me dolió escribir esto porque raya en lo absurdo. Primero dijo que el terremoto era consecuencia del fracking y que Marco Rubio, secretario de Estado de EE.UU., debía aprender la lección. Luego afirmó que la ayuda empresarial era “migajas” —sin que de su parte haya salido un peso para afectados—. Apareció en el sepelio de una familia de la que solo sobrevivió una joven, tras perder a sus dos hermanas trillizas y a sus padres.
Uno no puede dejar de preguntarse qué busca Petro, mientras alimenta una conversación tóxica en redes. En una Colombia ya bastante dividida, esa mezquindad puede borrar en segundos la generosidad y la empatía que tanto cuesta construir.
Eso es politizar el dolor. Prefiero cerrar con algo que le escuché a una persona común, sin más poder que su solidaridad: “La mano derecha no me sirve para levantar escombros. La izquierda, tampoco. La única forma de tener fuerza para levantar lo que haya que arreglar es con las dos manos unidas”. Así de simple. Y así de cierto.