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Espejos en los que duele mirarse

Cualquiera diría que su actuación es normal, que como el cerebro de los niños se demora en madurar tienden a ver todo en blanco y negro: me gusta, no me gusta; amigo o enemigo; te quiero, te odio.

hace 1 hora
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  • Espejos en los que duele mirarse

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Imaginen que hay una guerra mundial y que el avión que evacúa a un grupo de niños es derribado y cae en una isla desierta. Ningún adulto sobrevive. Uno de los niños encuentra una caracola en la playa y se da cuenta de que al tocarla, su sonido convoca al grupo en pleno. De esa forma el niño se establece como líder y la caracola deja de ser un simple objeto y pasa a otorgar el turno de la palabra. Otro de los niños, sin embargo, tiene ideas diferentes acerca de cómo organizarse. Para desidentificarse del grupo se pinta la cara y, junto con sus seguidores, da rienda suelta a sus instintos salvajes. Cazan cerdos, asustan a los más pequeños con una supuesta «fiera» que acecha en la montaña, se divierten.

Una pelea entre ambos bandos termina con la caracola partida en mil pedazos. El diálogo ha muerto y comienzan las persecuciones, los señalamientos, las mentiras y la violencia, porque eso es lo único que queda cuando no se puede dialogar.

Cualquiera diría que son niños, que su inmadurez psicológica les impide resolver sus conflictos y organizarse en torno al bien común. Cualquiera diría que su actuación es normal, que como el cerebro de los niños se demora en madurar tienden a ver todo en blanco y negro: me gusta, no me gusta; amigo o enemigo; te quiero, te odio. Cualquiera diría que la reactividad y la falta de control es un rasgo típico de la niñez, por eso, ante el desacuerdo, no hay argumentos, no hay debate, sino gritos, insultos y portazos.

Ahora deténganse un segundo a analizar lo anterior y comprenderán que no estoy hablando de niños. No estoy hablando ni siquiera de El señor de las moscas, la gran novela de William Golding. Estoy hablando del ahora, de nosotros, de los adultos de hoy.

Cuando el debate público de un país entero se reduce al «nosotros contra ellos» tan solo significa que la sociedad no está razonando: está haciendo la pataleta típica del niño que no obtiene lo que desea. Basta echar un vistazo a las redes sociales para darse cuenta de que prevalece la violencia, el insulto facilón, la descalificación de todo aquel con ideas diferentes. Es más fácil y más cómodo rodearse de los que piensan igual, masificarse como los adolescentes para tener la sensación de encajar en el grupo, aunque ello signifique una renuncia a la propia identidad. Estamos asistiendo a la infantilización de la ciudadanía. Si los candidatos han actuado como los matoncitos del recreo, los votantes aceptamos el pacto y nos convertimos en su pandilla. Y, al hacerlo, nos perdemos.

Al final de El señor de las moscas un oficial de la marina arriba a la isla y se queda impresionado de la degradación en la que han caído los niños. Lo paradójico es que no consigue ver que la isla es tan solo un espejo de la guerra en la que él mismo está combatiendo. Y no lo ve porque cuando estamos perdidos, cuando nos degradamos, lo primero que mengua es la capacidad de razonar, de vernos con objetividad.

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