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Columnistas | PUBLICADO EL 20 agosto 2022

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Sus imágenes son la crónica de esta sociedad, de los dolores y las celebraciones, pero sus palabras son también una disección de lo que iba viviendo.

Vivió una vida de ficción. Con su cámara se dedicó a visibilizar a los excluidos, a los ninguneados, a esos que tantas veces no vemos porque están al margen. Mientras sus contemporáneos fotografiaban las promesas de la modernidad en una Medellín que se hacía urbe, ella descubrió en los tugurios del antiguo basurero la dignidad de los pobres; ese acercamiento al ideario de los curas rebeldes de Golconda cambió su vida por allá en los años 60. Trabajó en este periódico y su primer proyecto fue cubrir el reinado en Cartagena. Alcanzó a enamorarse de uno de los más célebres ladrones de la ciudad, apodado Toñilas, mientras dictaba unos cursos de fotografía a los internos de la cárcel La Ladera; cuando Toñilas quedó libre huyeron a disfrutar de la pasión que los unía, su aventura duró meses. La historia de la fotografía de nuestro país la ha ignorado y la invisibilizó, y está ciudad que odia y desprecia con tanta facilidad a los que más la aman un día de 1987 la expulsó amenazada de muerte, un sufragio bajo su puerta le recordó que eran tiempos hostiles para los que respetan los derechos humanos y para los testigos de la historia. Se fue a Italia. Para sobrevivir y sobrellevar el exilio, su cámara, que era sus ojos, se dedicó a registrar lugares de esa geografía. Aquí volvió a cuidar a su madre y a escribir unas memorias aún inéditas. Aquí murió en 2019 y por ahí están su autobiografía y su archivo fotográfico.

Sus imágenes son la crónica de esta sociedad, de los dolores y las celebraciones, pero sus palabras son también una disección de lo que iba viviendo. Cuando Pablo Escobar se dedicaba a la política también fue sujeto de su lente, cuenta ella que el capo le pedía descuento sobre las fotos hechas. De los políticos escribió: “Yo había conocido idealistas, poetas, escritores, artistas, luchadores en los tiempos en que acompañaba al padre Vicente Mejía en su trabajo con los tugurianos del basurero, pero no me había acercado a los políticos, esos monstruos de la corrupción. Tenía curiosidad y un día decidí vestirme de cámara y participar de su payasada [...]. Comencé a ver cómo inflan personajes sin mérito, títeres que se dejan manejar [...] vi cómo allí el fin justifica los medios. Miraba a los candidatos de arriba a abajo y pensaba: ‘Si estos son los que nos van a conducir, estamos perdidos’. [...] ‘La cámara me permite acercarme, meterme en el personaje, romper mitos, descubrir debilidades, destruir ídolos. Con mi cámara me siento Dios’”.

Conocí algunas de las fotografías de Giovanna Pezzotti en la Biblioteca Pública Piloto cuando aún estaba viva. Felizmente, a esta hija de un conde italiano y una madre colombiana, Eafit dedica una estupenda exposición antológica que, gracias a la cuidadosa labor de Sol Astrid Giraldo, la recupera y nos la revela para que se reescriba la historia de la fotografía de nuestro país 

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