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Columnistas | PUBLICADO EL 01 julio 2022

“¡Queremos más galletas!”, gritan en el edificio Colombia

En la Colombia abandonada, prima la licencia para delinquir que han tenido los gobernadores, los alcaldes y los congresistas. Su impacto ha sido devastador en términos de desigualdad.

Por Juan Carlos Manrique - jcmanriq@gmail.com

“Yo no sé, hermano, qué hicieron ese billete. Arriba está lleno de goteras”. Con cara de asombro, Néstor Elí (el gran Jaime Garzón) describía, en su calidad de portero, cómo estaba el edificio Colombia. Lleno de goteras.

Hoy, la foto del edificio Colombia es contundente. La acaba de mostrar el exministro Mauricio Cárdenas. En los 16 departamentos donde ganó Petro, el PIB representa el 29 % y la población, el 40 %. En los 16 departamentos donde ganó Hernández, el PIB representa el 45 % y la población, el 45 %. Caso particular Bogotá. PIB, 26 % y población, 15 %. Petro le sacó 700 mil votos a Hernández en Bogotá. Los mismos que le sacó en el consolidado nacional.

¿Por qué esta desigualdad abismal entre las regiones, entre las dos colombias? Con el riesgo de los promedios y evitando hacer un zoom milimétrico a todas las variables, mi hipótesis es que la descentralización política en toda su dimensión ha servido para que, sumas y restas, la mitad del país tenga una vida relativamente digna y la otra mitad, una vida del tercer o del cuarto mundo. En la Colombia abandonada, prima la licencia para delinquir que han tenido los gobernadores, los alcaldes y los congresistas. Su impacto ha sido devastador en términos de desigualdad.

“Con licencia para delinquir” es una investigación especial que Alberto Donadio viene adelantando para la revista Semana. En su última entrega, la estrella es la Guajira y su exgobernador. Una supuesta organización latinoamericana que nadie conocía consiguió un contrato de casi 18.000 millones de pesos para investigar el dengue. Esa platica se perdió.

El Estado descentralizado se ha organizado bajo un concepto muy peligroso. La gobernabilidad. Casi tres años en campaña electoral, miles de millones de pesos, desgaste emocional, guerra sucia y todo para qué. Para que el presidente electo reconozca, como ya lo hizo, que no ha ganado el poder, sino una elección. Y que, para poder gobernar, necesitará gobernabilidad. ¿Quién se la vende?

Pues los partidos políticos y los parlamentarios, en pequeñas y costosas dosis. Estos partidos son carpas electorales. Saben jugar muy bien el juego lucrativo de la política, a través del Congreso y de la descentralización política. Se han convertido en un monstruo depredador.

¿Cómo se compra la gobernabilidad? Con el computador de palacio, con los contratos interadministrativos y con los contratos territoriales, adjudicados a un oferente único con pliegos hechos a la medida, donde todos reciben una gran tajada. “Ya tenemos gobernabilidad”. Acaba de anunciar, con orgullo patriota, Roy Barreras. ¡Ah, bueno!

Si de verdad queremos que esto cambie y que al presidente Petro le vaya muy bien, en lo primero que nos deberíamos poner de acuerdo es en extirpar la compra de la gobernabilidad. En extirpar la corrupción. Como bien lo explican los psicólogos. Entre más galletas le das al monstruo, más se crece y más te maneja. Claro que aprobaremos las reformas, pero antes queremos más galletas. Así la cosas, mejor un sistema parlamentario. Que viva el palacio de Westminster. Que viva Borgen 

Juan Carlos Manrique
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