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Columnistas | PUBLICADO EL 04 febrero 2022

Para que nada cambie

Por Henry Medina Uriberedaccion@elcolombiano.com.co

La compleja situación de orden público y el deterioro de la seguridad ciudadana no pueden seguir desapercibidas por los colombianos, tal como está sucediendo. Son las agencias internacionales las que advierten que el ambiente de inseguridad es creciente y delicado para la vida del país, mientras nosotros nos distraemos en los debates insulsos de los candidatos a la presidencia o en los fracasos de nuestra selección de fútbol. Pareciera que el modelo fuera, como en muchos hogares, debatir acaloradamente sobre el pasado y el futuro dejarlo a “lo que Dios decida”.

Mientras la sociedad sufre, la confrontación entre los partidos políticos aumenta, pero no en el debate de ideas sobre programas y proyectos que permitan soluciones, ni en análisis de los hechos que condicionan la vida nacional, sino en la diatriba personal burda, mezquina y, con frecuencia, mentirosa contra el adversario político. No se discute sobre el modelo de desarrollo que el país requiere, o si son de mayor conveniencia las teorías de Samuelson y la economía de guerra o las de Friedman sobre la reducción del tamaño del Estado. Tan solo se usan formas amenazantes y simplistas, como en la canción de cuna que dice: “duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá”. ¡Qué irrespeto!

La violencia, el odio y la sed de venganza se han convertido por décadas en el paradigma de la política. No hay innovación, ni compromiso ético, ni piedad hacia el sufrimiento nacional, solo el braceo en el estiércol de la miseria humana. En ese contexto surgen posiciones como la del expresidente Andrés Pastrana en su lamentable discurso durante la pasada convención conservadora.

Cuando más los necesitamos, persiste la ausencia de debates serios sobre los factores que han generado la violencia endémica y sus perspectivas de solución, sobre los agentes que la ejercitan y sobre quienes la usufructúan. En cambio, en contravía de lo que Einstein aconsejaba, insistimos en aplicar fórmulas probadamente ineficientes e ineficaces. Ello solo demuestra que no hay deseos reales de solución, sino el compromiso de mantener el statu quo, para no perder los beneficios que la inequidad otorga.

En nuestra situación kafkiana, y en una clara demostración de irresponsabilidad e ineptitud, crecen los celos de poder, las críticas destructivas y las acusaciones mutuas entre funcionarios de las diferentes ramas y órganos del poder, al tiempo que la Justicia no opera, la corrupción persiste, el narcotráfico no cede, el hambre aumenta; suben las cifras de desplazados y suben las muertes de reinsertados hasta llevarnos a recordar el genocidio de la Unión Patriótica; y las fricciones con las poblaciones indígenas crecen, incluido el insólito hecho de incendiarles sus lugares sagrados.

Entre tanto, la Fuerza Pública continúa poniendo su cuota de esfuerzo, sufrimiento y sangre en medio de la incomprensión, a la vez que aumentan sus vulnerabilidades y disminuye el apoyo de la opinión pública, entre otros motivos, por la crítica acerba de algunos de los candidatos politiqueros. Todo lo anterior, en detrimento de la legitimidad del Estado.

Las protestas del 2019, algunas vandálicas e inapropiadas, debieron llevar a los barones y baronesas de la política a recordar las Catilinarias de Cicerón y su frase “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”. Pero no fue así. Lo que muestran las campañas políticas de este año es que, a pesar de que nos urge un cambio estructural, nada va a cambiar 

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