viernes
2 y 8
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Tengo un grupo de amigos que ama el jardín y las plantas; recuerdo que el magnolio, árbol de los sueños de mi madre, que plantó y cuido con amor nunca floreció porque resultó macho; a otro amigo solo le gusta regalar plantas, me gustan los rituales funerarios y las celebraciones de vida que recurren a la siembra para conmemorar al ausente, en el cuidado del jardín y de las plantas están implícitos aprendizajes y nociones como la incertidumbre o la paciencia y la solidaridad, pues al cuidar las plantas entiendo y dimensiono el sentido del otro, su indefensión, su necesidad de ser atendido y la importancia del mimo; me gustan los jardines por su silencio, porque en ellos reside la belleza y porque la naturaleza no agrede a quien la ama.
Hoy que se impone la digitalización y que el tiempo afuera parece correr tan deprisa, se hace necesario encontrar espacios y lugares en los que la sensación de velocidad sea diversa, el jardín es uno de ellos, allí parece que el tiempo marchase a otro ritmo, y ante la prisa, la paciencia reclama su lugar, la florescencia implica espera; Claude Monet dijo de los jardines que plantó y pintó que eran su más bella obra de arte, mucho de lo que ganó lo invirtió en ellos, como una expresión de amor puro.
El filósofo coreano Byung-Chul Hang dice en su nuevo libro que “El tiempo del jardín es un tiempo de lo distinto. El jardín tiene su propio tiempo, sobre el que yo no puedo disponer. Cada planta tiene su propio tiempo específico. En el jardín se entrecruzan muchos tiempos específicos. Los azafranes de otoño y los azafranes de primavera parecen similares, pero tienen un sentido del tiempo totalmente distinto. Es asombroso cómo cada planta tiene una conciencia del tiempo muy marcada, quizá incluso más que el hombre, que hoy de alguna manera se ha vuelto atemporal, pobre de tiempo. El jardín posibilita una intensa experiencia temporal. Durante mi trabajo en el jardín me he enriquecido de tiempo. El jardín para el que se trabaja devuelve mucho. Me da ser y tiempo. La espera incierta, la paciencia necesaria, el lento crecimiento, engendran un sentido especial del tiempo”.
El jardín, grande o pequeño, es el espacio de la contemplación, de lo visual y de lo táctil, de lo telúrico, concluye Chul Hang: “En el jardín yo creo silencio. Estoy a la escucha, como Hiperión: Todo mi ser enmudece y se pone a la escucha cuando la tierna ola de aire revolotea por mi pecho. Perdido en el vasto azul, a menudo lanzo mi mirada fuera, hacia el éter, y la adentro en el mar sagrado, sintiendo que un espíritu afín me abre sus brazos, como si el dolor de la soledad se desvaneciera en la vida de la divinidad. Ser uno con todo: esa es la vida de la divinidad y ese es el cielo del hombre”.
“La palabra humano viene de humus, tierra. La tierra es nuestro espacio de resonancia, que nos llena de dicha. Cuando abandonamos la tierra nos abandona la dicha”.
”Siempre hay flores para el que desee verlas”, dijo el pintor francés Henry Matisse, en el jardín siempre habrá lugar para el tiempo y el silencio y para quien esté dispuesto a oírlos.