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2 y 8
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Por Sara González Walteros
Universidad EAFIT
Facultad de Literatura, 3° semestre
saragonzalezzw@gmail.com
A un día de la demolición del edificio Mónaco, las redes sociales son espacio de debate acerca de lo que implica la decisión tomada por la Alcaldía de Medellín. Como es usual en los últimos meses, la opinión está polarizada: unos piensan que la destrucción de un edificio no logrará mayores cambios en la mentalidad paisa y que, en cambio, se desaprovecha la oportunidad de adueñarse del espacio, tal y como lo hicieron ciudades como Ámsterdam con la famosísima Casa de Ana Frank; otros, por su parte, opinan que la demolición es un acto simbólico, que no solo intenta empezar a acabar con el narcoturismo, sino que también abrirá las puertas para crear un espacio que sí se considere apto para rendirle tributo a las víctimas. Esta segunda posición argumenta que un espacio como lo es el edificio Mónaco tiene una fuerte carga simbólica debido al pasado que representa, por lo que no es fácil, en una ciudad en la que aún está vigente el narcotráfico (sumado a otras problemáticas de índole sociocultural, administrativo, económico y demás), adueñarse de un lugar que perteneció a quien unos consideran su “patrón” y, otros, como una de las personas más peligrosas en la historia del país.
Si bien el edificio podría ser tomado por la Alcaldía o la ciudadanía y, en compañía de entidades como el Centro de Memoria Histórica o el Museo Casa de la Memoria, para re-significar el lugar y crear un espacio en el que se reflexione en torno al pasado de Medellín, es importante no perder de vista que lo que más pesa aquí es la forma de pensar del paisa respecto a lo que asocia al estar en frente de la edificación. Por esto, no sería tan simple como borrar de las paredes las frases o palabras que buscan la reivindicación de Pablo Escobar, tales como “Pablo vive” o “Ángel”, y colgar, allí mismo, fotografías, recortes de periódicos y demás, en los que se denuncien los diferentes actos atroces que se llevaron a cabo por su mandato. Es precisamente aquí donde radica la gran diferencia, puesto que se busca crear, desde los cimientos, un espacio que sí represente una reconstrucción: una mirada nueva que dirija el foco a las víctimas. Un espacio que ojalá cada ciudadano, medellinense o extranjero, aproveche para conocer la cara de la moneda que las tan famosas novelas no muestran.
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