x

Pico y Placa Medellín

viernes

3 y 4 

3 y 4

Pico y Placa Medellín

jueves

0 y 2 

0 y 2

Pico y Placa Medellín

miercoles

1 y 8 

1 y 8

Pico y Placa Medellín

martes

5 y 7  

5 y 7

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

6 y 9  

6 y 9

Respeto a la bobada

En Colombia necesitamos comenzar a decir las cosas con claridad. Recuperar en la política la valentía de señalar cuándo alguien está diciendo una locura, una bobada o un error grave.

hace 1 hora
bookmark
  • Respeto a la bobada
  • Respeto a la bobada

Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Durante décadas se nos ha repetido que la tolerancia es la virtud suprema de la cultura política contemporánea. En su nombre se ha levantado un nuevo dogma que, paradójicamente, ya no distingue. Todo vale. Todo merece el mismo aplauso cortés. El error y el acierto se sientan a la misma mesa. Lo sublime y la pendejada reclaman idéntico respeto. Y quien se atreva a establecer jerarquías es señalado como intolerante, reaccionario o peligroso. Este clima ha hecho un daño profundo al arte, a la literatura, a la filosofía y, por supuesto, a la política. Allí donde antes se discutía la verdad, hoy se intercambian opiniones. Donde antes se exigía rigor, hoy se pide sensibilidad. Donde había criterios, ahora hay susceptibilidades. La frase “respeto tu opinión” se ha convertido en el atajo perfecto para no pensar, no debatir y no juzgar.

Pero toda cultura que renuncia a jerarquizar renuncia, en el fondo, a discernir. Y sin discernimiento no hay grandeza posible. Como advirtió con lucidez implacable Nicolás Gómez Dávila, tolerar sin claudicar sólo es posible jerarquizando. La tolerancia auténtica no consiste en abdicar del juicio, sino en ejercerlo con firmeza. Sin jerarquías, la tolerancia deja de ser virtud y se convierte en coartada. El problema es que la cultura contemporánea no tolera desde la fortaleza, sino desde la flojedad. Ha confundido cortesía con rendición. Ha degradado la obligación civil de convivir con lo diverso en una exigencia moral de aplaudir cualquier ocurrencia. No se pide comprensión, se exige aprobación. Por eso advertía Gómez Dávila que las mentes fofas degradan la obligación cortés de respetar los diversos gustos en tolerancia obligatoria del mal gusto. El resultado es una cultura que ya no aspira a lo alto, sino que se acomoda a lo mediocre.

En el arte esto ha significado la sospecha frente a la excelencia. En la literatura, la desaparición del canon. En la filosofía, el reemplazo de la verdad por la gestión de sensibilidades. Y en la política, el empate moral entre proyectos serios y disparates peligrosos. Todo se vuelve “una opinión más”, incluso aquello que destruye instituciones, empobrece sociedades o degrada la dignidad humana. La tolerancia, cuando no está sostenida por convicciones fuertes, deja de ser noble. Tolerancia designa a veces la compasión del fuerte, usualmente la timidez del cobarde. Nuestra época ha elegido la segunda acepción. No tolera porque comprenda, sino porque teme afirmar. De ahí que la tolerancia ilimitada termine siendo una forma elegante de deserción. La tolerancia ilimitada no es más que una manera hipócrita de dimitir.

En Colombia necesitamos comenzar a decir las cosas con claridad. Recuperar en la política la valentía de señalar cuándo alguien está diciendo una locura, una bobada o un error grave. Dejar de aceptar cualquier disparate solo porque fue dicho en voz alta. La democracia no se defiende convirtiendo el absurdo en opinión respetable. Se defiende ejerciendo juicio. Porque, como bien lo dijo el mismo Gómez Dávila, no ha habido estupidez que no tenga su adepto dispuesto, además, a dar la vida por ella. Justamente por eso, una sociedad que renuncia a juzgar termina siendo gobernada por las peores ideas defendidas con la mayor pasión.

Sigue leyendo

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD