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Cueste lo que nos cueste

Los colombianos nos pusimos de pie y enviamos un mensaje inequívoco, nos cansamos de Petro.

hace 1 hora
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  • Cueste lo que nos cueste

Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Hace unos días, Gustavo Petro y su candidato retiraron su iniciativa de recoger firmas con el propósito de convocar una Asamblea Constituyente. Algunos celebraron el anuncio como rectificación. Otros lo interpretaron como muestra de moderación. Conviene, sin embargo, mirar más allá de la coyuntura y comprender la naturaleza de un debate que lleva años acompañando al petrismo.

La Constituyente nunca ha sido una idea accidental dentro de ese proyecto político. Ha aparecido una y otra vez, con distintos disfraces, nombres y justificaciones. Cada vez que las instituciones establecen límites, que una decisión judicial les resulta incómoda o que el Congreso no obedece sus deseos, reaparece la tentación de cambiar las reglas del juego. No deja de ser revelador que durante años haya sido necesario exigir compromisos públicos, declaraciones solemnes y promesas de que no habría una constituyente. Cuando una sociedad necesita que un gobernante grabe en mármol una promesa para tranquilizar a ciudadanos, el problema, más allá de la promesa, es la desconfianza.

En todo lo que huela a este gobierno, con frecuencia parece cumplirse aquella ironía atribuida a Groucho Marx. “Estas son mis convicciones, pero si no le gustan, tengo otras”. La palabra empeñada termina convertida en herramienta circunstancial que se utiliza cuando conviene y se abandona cuando deja de ser útil. Para el constitucionalismo democrático, la Constitución no es un programa ideológico ni plataforma partidista. Es un límite al poder. Su función consiste en impedir que quien gobierna pueda hacerlo todo. La separación de poderes, los controles judiciales, las competencias distribuidas y las garantías de los ciudadanos existen para contener pasiones del momento y proteger la libertad frente a cualquier concentración excesiva de autoridad. Allí radica la incomodidad que el petrismo ha demostrado frente al orden constitucional. No porque la Constitución sea insuficiente para gobernar, sino porque impide gobernar sin restricciones.

La historia enseña que el poder raramente se conforma con los límites. Por esa razón las constituciones modernas fueron diseñadas para desconfiar del gobernante y proteger al ciudadano. Resulta llamativo que quienes citan constantemente la democracia, parezcan entenderla como el derecho de modificar las reglas cuando no les favorecen. ¡No señores!. La verdadera democracia no consiste en que una mayoría ocasional pueda hacerlo todo. Consiste en aceptar que incluso las mayorías están sometidas a límites.

Desde el primer día de Petro, y estoy segura que con su heredero no será diferente, hemos visto intentos de ignorar competencias, descalificar tribunales, presionar instituciones independientes y presentar cualquier control como obstáculo ilegítimo. El candidato del petrismo ha defendido y de forma reiterada, contenida en su Plan de Gobierno, la idea constituyente. Y no es porque crea que a la Constitución le faltan opciones para realizar el modelo social que a ella subyace, sino porque quiere refundar el Estado y para eso, nada mejor que una constituyente como amenaza política. A lo largo de estos 4 tortuosos años, han agitado el fantasma de cambiarlo todo para disciplinar adversarios, intimidar instituciones y sembrar incertidumbre entre los ciudadanos. Ahora dicen que no es su propósito y entonces retroceden. No por convicción, sino porque los resultados electorales los sorprendieron. Descubrieron que Colombia sigue siendo una nación que valora sus libertades y comprende la importancia de los límites al poder.

Los colombianos nos pusimos de pie y enviamos un mensaje inequívoco, y es que nos cansamos de Petro y sus esbirros, que ya no les creemos sus mentiras y que la Constitución no pertenece a un gobierno ni a una ideología. Pertenece a la Democracia y hemos decidido defenderla cueste lo que nos cueste..

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