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Virtudes del ajedrecista

La disciplina y yo somos alfiles de distinto color. No me ha ido mal enrocando corto cuando la posición pedía enrocar largo.

hace 49 minutos
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  • Virtudes del ajedrecista

Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Imposible ignorar el Día Mundial del Ajedrez celebrado el 20 de julio, coincidiendo con el berrido de independencia. En el rico y enriquecedor blog “Ajedrez profesional, noticias y más” de los Arteaga, padre e hijo, publicaron las virtudes que debe tener todo ajedrecista. Celebro la efemérides ofreciendo mi lectura personal de tales virtudes:

Paciencia: Prefiero la paZCiencia. Se me salta la piedra cuando en la EPS, después de hacer una fila larga como el río Amazonas a remo, me notifican que a la orden de medicamentos le sobra una coma o le falta una tilde. Y que vuelva.

Disciplina: La disciplina y yo somos alfiles de distinto color. No me ha ido mal enrocando corto cuando la posición pedía enrocar largo. (Felizmente, mis nietos no leen mis ladrillos. No soy ejemplo para nadie).

Concentración: Me pierdo mirando el tablero del ajedrez. Por despistado nunca aprendí a hablar sánscrito ni a manejar carro. Siempre voy en el puesto del muerto, al lado del conductor.

Respeto: Con Joaquín Sabina soy un anarquista que respeta el semáforo.

Humildad: San Agustín privilegiaba esa virtud. ¿De qué podemos jactarnos “si hoy somos y mañana no aparecemos” ? Vale la pena jactarse de estar vivos. Suelo recomendar el sueño del cineasta japonés Kurosawa en el que un anciano de 99 años dice: “Estar vivo es fantástico. Es apasionante”. O escuchar la canción “Qué mundo tan maravilloso”, en la voz de Louis Armstrong. Es como reproducir “La inmortal”, la partida de ajedrez que Anderssen le ganó a Kieseritzky.

Perseverancia: Mi truco preferido consiste en hacer planes solo para el segundo que viene. Vivir el tal “carpe diem”. Exprimir la vida como si fuera un tubo de dentífrico. Me gozo la vejez, como he tratado de gozarme las demás etapas de mi vida, incluida aquella en la que me hacía pipí en la cama.

Pensamiento crítico. Me ha faltado. En primaria nos obligaban a aprendernos las lecciones de memoria. Como loritos. Como todo niño, tenía memoria de ajedrecista. Con solo mirar el libro me aprendí el catecismo de Astete.

Autocontrol: Todavía controlo esfínteres. Controlaba fluidamente los pecados capitales y no capitales hasta que me dejaron tirado en mitad de la cochina carretera. Peco con las ganas. (Fernando González escribió en “Viaje a pie” que “el pecado es lo que hace interesante al hombre”.

Creatividad: Todavía no se ha retirado a sus habitaciones de invierno. Con ella me he ganado los garbanzos. En ajedrez procuro complicar la partida desde la apertura para llegar pisando duro al medio juego. En los abstractos finales me vuelven papilla.

Pasión: Las pasiones empezaron a tomarse su sabático. En mi ocaso mi pasión consiste en practicar la religión de la lentitud. Tengo claro que pasados los ochenta no puedo tomar agua y ver televisión al mismo tiempo.

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