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Las reformas en salud que nadie se atreve a plantear

La crisis del sistema de salud no se resuelve con consignas ni promesas. Exige decisiones difíciles que reconozcan límites, ordenen prioridades y alineen incentivos. Gobernar en salud implica aceptar que no todo puede financiarse ni garantizarse.

hace 2 horas
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  • Las reformas en salud que nadie se atreve a plantear
  • Las reformas en salud que nadie se atreve a plantear

Por Luis Gonzalo Morales Sánchez - opinion@elcolombiano.com.co

La discusión sobre el sistema de salud se ha reducido a un repertorio de lugares comunes tan incuestionables como inútiles: calidad, dignidad, derechos, financiación suficiente, plan de choque. Nadie los contradice, pero precisamente por eso no explican ni resuelven los problemas estructurales. Mientras el debate permanezca en ese plano declarativo, el sistema seguirá deteriorándose por una causa más profunda como es la negación sistemática de sus límites.

La primera reforma verdaderamente estructural, consiste en reconocer que el presupuesto sanitario es finito. No como una restricción técnica que se elude con retórica, sino como una decisión política explícita. Establecer constitucionalmente un techo presupuestal plurianual, verificable y exigible obligaría a priorizar, a excluir y a asumir costos políticos de manera transparente, en lugar de trasladarlos al desabastecimiento, la mora o la judicialización.

En este punto, la judicialización a través de la tutela ha operado como un mecanismo que, si bien responde a fallas reales del sistema, termina profundizando sus distorsiones. Cuando los límites del gasto parecen inexistentes en el plano judicial, se configura un círculo vicioso de decisiones individuales que ordenan prestaciones sin consideración por la restricción presupuestal agregada, incrementan el gasto de manera desordenada y erosionan aún más la sostenibilidad. El resultado es una mayor frustración social, al ampliarse la brecha entre expectativas ilimitadas y la capacidad fiscal y técnica real del Estado para resolverlas. Sin un anclaje explícito a esa realidad, la tutela deja de ser un mecanismo correctivo y se convierte en un factor adicional de presión sobre un sistema ya desbordado.

En segundo lugar, es indispensable separar la decisión clínica del control del gasto. La autonomía médica no puede seguir operando como una autorización implícita para el uso ilimitado de recursos. Instancias técnicas independientes encargadas de evaluar la pertinencia del gasto, permitirían proteger la ética clínica sin comprometer la sostenibilidad del sistema. Hoy se le exige al médico curar, pero no considerar el impacto agregado de sus decisiones.

Un tercer punto, incómodo pero ineludible, es el reconocimiento jurídico de la futilidad clínica. El sistema no puede seguir financiando intervenciones cuyo beneficio es marginal, inexistente o irrelevante. Incorporar el principio de no intervención cuando no hay ganancia real en salud no deshumaniza la atención; por el contrario, la preserva frente a su propia inviabilidad.

A lo anterior debe sumarse la introducción de responsabilidad técnica y administrativa por decisiones sanitarias irracionales. No se trata de judicializar la práctica médica, sino de corregir incentivos. En un entorno donde nadie responde por el gasto innecesario, el exceso deja de ser una desviación y se convierte en regla que solo beneficia a quienes lo ordenan.

Otra reforma clave consiste en desincentivar la lógica de pago por volumen. Mientras cada acto médico represente una unidad adicional de facturación, la expansión indefinida de servicios seguirá siendo funcional para los prestadores y perjudicial para el sistema. Esquemas de remuneración basados en resultados en salud, y no en volumen de actividad, permiten alinear incentivos sin sacrificar calidad.

Finalmente, es necesario trazar una frontera clara entre enfermedad y malestar. El envejecimiento, la tristeza o la ansiedad leve no pueden ser tratados como patologías financiables sin límite. La medicalización de la vida cotidiana no es una política social, sino un mecanismo que acelera la insolvencia del sistema.

La reforma que el sistema necesita no pasa por más sensibilidad discursiva, sino por mayor honestidad política. Gobernar la salud implica priorizar, excluir y asumir decisiones difíciles. Decir no, cuando corresponde, también es una forma de responsabilidad pública. Sin ese punto de partida, cualquier reforma seguirá siendo retórica.

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