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La consulta es una oportunidad para demostrar que el centro-derecha no es solo “anti-Petro”, sino pro-crecimiento.
Por Luis Diego Monsalve - @ldmonsalve
En los últimos días he escuchado a personas sensatas, bien informadas y genuinamente preocupadas por el futuro del país afirmar que no vale la pena participar en la Gran Consulta del centro-derecha. Que divide, que desgasta, que es costosa o innecesaria. Entiendo esos reparos, pero no los comparto. Por el contrario, creo que sí es importante votar en la consulta y que hacerlo puede ser decisivo para construir una alternativa sólida frente al proyecto político que hoy gobierna a Colombia.
Lo primero que conviene aclarar es que esta consulta no es contra Abelardo de la Espriella. Él tomó la decisión de no participar en esta etapa, lo cual es legítimo. Eso no lo excluye del escenario político futuro. Después del 8 de marzo pueden explorarse fórmulas de convergencia, bien sea antes de la primera vuelta o, con mayor razón, de cara a la segunda. Las consultas no son muros; son mecanismos de ordenamiento.
El verdadero contendor no está dentro del campo del centro-derecha. Está al frente. Es el petrismo, hoy representado por Iván Cepeda como heredero político del actual gobierno. Un proyecto que, pese a los malos resultados de gestión, mantiene una base electoral disciplinada, movilizada y con narrativa clara. Enfrentar eso exige algo más que candidaturas individuales: requiere legitimidad, unidad y músculo electoral.
Una segunda precisión importante tiene que ver con el argumento de los costos. La consulta se realizará el 8 de marzo, el mismo día de las elecciones al Congreso. Por tanto, el costo adicional es marginal. El Estado ya tiene montado el aparato electoral. Sostener que la consulta es un despilfarro no resiste un análisis serio. El verdadero costo sería no aprovechar esa jornada para medir fuerzas, movilizar electores y salir fortalecidos.
Además, si ese mismo día hay consulta del llamado “Pacto Amplio”, resulta aún más importante que la del centro-derecha tenga una participación mayor. Las elecciones no se ganan solo con buenas ideas; se ganan con votos. Una consulta con alta participación envía un mensaje político contundente y le da a la ganadora —o ganador— un impulso real hacia la primera vuelta.
Hay también una razón de fondo: ordenar la competencia. La consulta permite tramitar diferencias antes de la primera vuelta y no después, cuando los egos, las heridas y las desconfianzas suelen pasar factura. Obliga a los candidatos a debatir ideas, a comprometerse con reglas claras y a aceptar que quien gana lidera y quien pierde acompaña. Eso es madurez política.
No es descabellado imaginar escenarios favorables. Aunque no es fácil, no sería imposible que en la segunda vuelta llegaran dos candidatos del centro hacia la derecha, como ocurrió recientemente en Bolivia. Ese sería, sin duda, el mejor resultado. Y si no, un escenario como el de Chile, donde las fuerzas de oposición lograron unirse en la recta final y derrotar al candidato de la continuidad. Ambos caminos requieren algo indispensable: llegar ordenados, con legitimidad y sin improvisaciones.
Finalmente, hay un mensaje pedagógico que no podemos ignorar. La consulta es una oportunidad para demostrar que el centro-derecha no es solo “anti-Petro”, sino pro-crecimiento, pro-empresa, pro-seguridad, pro-institucionalidad y pro-cohesión social. Renunciar a ese espacio sería regalarle el terreno a quienes sí saben movilizar emociones, aunque gobiernen mal.
La consulta no garantiza la victoria. Pero no hacerla sí aumenta el riesgo de la derrota. Y en el momento histórico que vive Colombia, ese es un riesgo que no deberíamos asumir.