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En nombre del pluralismo

hace 1 hora
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Por Aldo Civico - @acivico

¿Fue oportuna la presencia de la senadora Sandra Ramírez en un debate en la Universidad Eafit? Creo que la vocación de la universidad no es proteger consensos, sino abrir espacios donde las ideas puedan enfrentarse en un debate plural. Dicho esto, la invitación a la senadora Ramírez me parece desafortunada. No por su trayectoria en la guerrilla ni por su posición ideológica, sino porque persiste en negar crímenes de lesa humanidad y en evadir su responsabilidad. Vale recordarlo: víctimas acusan a Ramírez de seleccionar niñas como “carnada” sexual para comandantes y de silenciar abusos. También habría participado en el reclutamiento de menores ya documentados por la JEP. Hay líderes de las FARC que reconocieron estos delitos. En marzo de 2025, la Corte Suprema abrió una investigación por presuntas amenazas contra la directora de la Corporación Rosa Blanca, organización de mujeres víctimas de las FARC.

Lo ocurrido en EAFIT me recordó la polémica de 2007 en Columbia University. Su presidente, Lee Bollinger, invitó al entonces presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, a un foro académico, pese a sus declaraciones negacionistas sobre el Holocausto. La controversia fue enorme. ¿Todo vale en nombre del pluralismo? ¿Qué aporta al pensamiento crítico quien niega un crimen histórico? La invitación fue duramente criticada por estudiantes, profesores y el consejo superior de la universidad.

También pensé en la experiencia italiana con las Brigadas Rojas, la organización terrorista que se inspiró en las guerrillas latinoamericanas. Es un contexto distinto, pero nos deja lecciones importantes. Una buena parte de sus líderes, desde la cárcel, se arrepintió y se disoció públicamente de la lucha armada. Admitieron su responsabilidad. En las aulas de los tribunales contribuyeron al esclarecimiento de la verdad. A cambio, obtuvieron descuentos de pena y recuperaron la libertad. Pero ninguno de los exterroristas, por su propia decisión, asumió cargos públicos. La mayoría se dedicó al trabajo social. Algunos participaron en debates en escuelas, a menudo junto a representantes de las víctimas. La intención fue educar para que la historia no se repitiera. No hubo apología del delito ni negación de sus responsabilidades. Porque la asunción de responsabilidad es el mínimo gesto exigible a quien tanto dolor causó. Es lo que la senadora Ramírez se niega a hacer. Y en esa negación persiste una forma de violencia simbólica. Queda una pregunta de fondo: ¿todo es aceptable en nombre del pluralismo? ¿Incluso dar tribuna a quien no reconoce los crímenes cometidos? Porque también existe la dignidad de las víctimas.

No todo vale. No todas las ideas ni todas las historias se equivalen. Existen diferencias morales. El pluralismo no puede confundirse con relativismo, porque entonces degenera en indiferencia. La universidad no está llamada a suspender el rechazo a delitos de lesa humanidad en nombre de una falsa neutralidad. El debate plural no significa dar el mismo peso a todas las voces, sino exigir un mínimo ético: reconocer la verdad y la dignidad de las víctimas. Cuando ese mínimo desaparece, le fallamos a la verdad, la justicia y a la reparación. Y la libertad académica, separada de la responsabilidad ética, termina deslizándose hacia algo peor que el error: el cinismo.

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