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Por Lucy Osorno - opinion@elcolombiano.com.co

El país del “si gana él, me voy”

hace 1 hora
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  • El país del “si gana él, me voy”

Por Lucy Osorno - opinion@elcolombiano.com.co

Cada elección presidencial en Colombia se parece más a un proyecto (por lo menos emocional) de evacuación, que a una discusión democrática. No se habla de programas de gobierno, reformas o modelos económicos. Se habla de miedo. Miedo visceral al otro. Del “si gana él, me voy del país”.

Esta semana escuché a una actriz decir que tendría que irse de Colombia si gana Abelardo de la Espriella. Y he escuchado exactamente lo mismo del otro lado: personas que aseguran que si gana Iván Cepeda no tendrían futuro, empresa o libertad.

¿Cómo llegamos al punto en que una elección democrática haga sentir a millones de personas, extranjeras dentro de su propio país?

Tenemos una fisura profunda en nuestra formación y cultura política. Y el fenómeno Abelardo —más allá de simpatías o rechazos personales— revela algo incómodo: que un sector enorme de la sociedad está lleno de rabia, frustración y deseos de castigo. Que hay millones de personas cansadas de la inseguridad, de la corrupción, de la sensación permanente de impunidad. Que los ciudadanos sienten que las instituciones son demasiado débiles y buscan a alguien que “ponga orden”, aunque eso implique bordear los límites democráticos.

Eso no nació de la nada. Es el resultado de años de polarización, desprestigio institucional, redes sociales convertidas en trincheras emocionales y líderes políticos que aprendieron que el miedo moviliza más que la esperanza.

Pero también hay algo peligrosísimo en creer que un solo hombre —o una sola mujer— puede “salvar” un país complejo a punta de voluntad, carácter o mano dura. Ahí empieza el culto a la personalidad. Ahí nace la idea de que la democracia estorba porque “es lenta”, que los controles institucionales son obstáculos y que quien piensa distinto es enemigo.

Y quizá el verdadero problema no sea únicamente quién gane. Tal vez el problema es el tamaño desproporcionado del poder que depositamos en la Presidencia.

Cada cuatro años elegimos una figura cuasimonárquica, una persona que termina decidiendo todos los temas: economía, seguridad, relaciones internacionales, narrativa nacional, burocracia y hasta en el estado emocional colectivo del país. Demasiado poder concentrado en una sola silla para una sociedad tan dividida.

Conviene reabrir una conversación que hoy casi parece prohibida: ¿deberíamos pensar seriamente en un régimen parlamentario o en sistemas más equilibrados de distribución del poder?

En muchas democracias parlamentarias, el poder se construye mediante coaliciones, acuerdos y controles mutuos mucho más fuertes. No existe esa sensación apocalíptica de que “si gana uno, se acaba el país”. Los gobiernos caen, se reorganizan, negocian y continúan. El sistema depende menos del temperamento psicológico de una sola figura.

Una democracia sana no debería producir exilios emocionales cada cuatro años.

No es normal que los ciudadanos sientan terror existencial por el resultado de una elección. No es sano que media Colombia vea a la otra mitad como una amenaza moral o un enemigo irreconciliable. Y no puede convertirse en costumbre vivir esperando al próximo “salvador”.

Los países sólidos no se construyen sobre los hombros de caudillos sino sobre instituciones capaces de sobrevivir incluso a malos gobernantes.

Colombia necesita menos mesías políticos y más democracia adulta.

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