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Columnistas | PUBLICADO EL 16 septiembre 2021

Llegó para dañar

Por JUAN GÓMEZ MARTÍNEZredaccion@elcolombiano.com.co

Definitivamente, en Medellín están cambiando las cosas para mal. La ciudad va en reversa, dejó de ser ejemplo de organización y desarrollo.

El Jardín Botánico ya no recibe los recursos de un contrato de mantenimiento de las zonas verdes de la ciudad. Ese dinero se fue para otro lado, con el peligro de que el Jardín Botánico desaparezca. El Jardín de Moravia, antiguo basurero, se dejó llenar de viviendas y tiende a acabarse. El Parque Norte —J. Emilio Valderrama— corre el peligro de perder su cancha de fútbol para los jóvenes de las comunas del norte.

Más grave todavía, EPM, con el problema natural que se presentó en Hidroituango en 2018, se ha debilitado en su imagen. Situación que ha sido aprovechada para tratar de suspender el desarrollo de la hidroeléctrica y entregarle el contrato a otra firma, con la consecuencia lógica de un mayor atraso en su ejecución. Vamos a cambiar de CCC a Tres Gargantas.

El tráfico en la ciudad se volvió imposible, no se ven guardas de tránsito en las calles para el control de los indisciplinados, la organización se les entregó a unas cámaras que no educan, que no controlan, que no intervienen, sirven únicamente para sancionar. A los silleteros se les ofendió y se les trató mal.

Las calles están llenas de huecos sin posibilidades de arreglo, no hay quién lo haga. Además, las llenaron de basuras, sin que la autoridad intervenga. ¿Cuál autoridad?

Ahora a los bazares se les está cambiando su función. Se crearon como una solución social. Los venteros callejeros eran un obstáculo para los peatones y para los vehículos, pero es gente honrada que no quería delinquir y que prefería trabajar bajo las inclemencias del sol y la lluvia. Sus necesidades las hacían cuando los vecinos les daban la posibilidad de satisfacerlas. Por todo eso, se construyeron los llamados bazares, para que ejercieran su labor bajo techo, protegidos del sol y la lluvia, lugares con servicios de aseo y donde consiguen su comida. Ahora los desalojan, les quitan la posibilidad de trabajar honestamente, les desconocen los derechos adquiridos y los lanzan a la calle para sufrir otra vez las inclemencias del tiempo. La extrema izquierda no entiende la función social de los bazares.

En las calles de Medellín ahora no se puede caminar por la cantidad de indigentes, de drogadictos y de venteros ambulantes. Se acabó la justicia y la ayuda a los más necesitados.

Los grafitis insulsos y feos volvieron a los muros, unas inscripciones que nada le dicen a la gente, pero que afean la ciudad, la cual ahora se presenta sucia y descuidada. No hablo de las pinturas que son verdaderas obras de arte, esas hay que protegerlas; hablo de los mensajes vulgares. Lo mismo digo de los afiches pegados en los muros y postes que dañan la imagen de Medellín; esos se evitan si se les cobra una buena suma por publicidad en lugares públicos.

En definitiva, Medellín perdió su imagen en dos años. La pinturita se disolvió

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