Pico y Placa Medellín
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Por Lina Uribe - opinion@elcolombiano.com.co
Cada inicio de año repetimos una palabra con facilidad: colaboración. Aparece en discursos, en eventos, en planes estratégicos. Sin embargo, en la práctica, el ecosistema de emprendimiento sigue operando muchas veces de forma fragmentada: esfuerzos que no se conectan, programas que no conversan entre sí, actores bien intencionados trabajando en paralelo. Tal vez este sea un buen momento para hacer una apuesta distinta: pasar de la colaboración declarada a las alianzas sostenidas.
Una alianza verdadera no se construye en una foto ni en un evento. Se construye con tiempo, confianza y, sobre todo, con renuncias. Cuando los actores del ecosistema: emprendedores, empresas, universidades y sector público están dispuestos no solo a sumar logos, sino a compartir riesgos, aprendizajes y decisiones.
Los datos lo respaldan; estudios del MIT Sloan Management Review muestran que las empresas que construyen alianzas de largo plazo tienen mayores probabilidades de innovar y adaptarse en contextos de incertidumbre. A nivel global, cerca del 70 % de las innovaciones relevantes surgen de algún tipo de colaboración entre empresas, y no de esfuerzos aislados.
En Medellín hay emprendedores con visión, universidades activas, empresas con capacidad, instituciones comprometidas. Lo que muchas veces falta no es capacidad, sino articulación real. No más iniciativas sueltas, sino mejores conexiones. No más protagonismo individual, sino una visión compartida de ciudad.
Reid Hoffman, CEO de LinkedIn, lo dice sin rodeos: “No importa qué tan brillante sea tu estrategia; si juegas solo, siempre perderás frente a un equipo”. En un ecosistema como el nuestro, esta frase debería incomodarnos. Porque todavía competimos donde podríamos aliarnos. Todavía cuidamos agendas propias cuando el desafío exige construcción colectiva.
Las alianzas que transforman no son las más visibles, sino las más constantes. Las que sobreviven a los cambios de agenda, a los ciclos políticos y a los egos. Las que entienden que el impacto real toma tiempo y que nadie gana solo.
Este puede ser el año para hacernos preguntas incómodas, pero necesarias:
A las empresas: ¿con qué propósito se están aliando más allá de la reputación?
A las universidades: ¿cómo conectan mejor su conocimiento con las necesidades reales de los emprendedores?
Al sector público: ¿qué tan fácil es hoy colaborar sin duplicar esfuerzos?
Y a los emprendedores: ¿a quién están invitando a construir con ustedes?
Medellín ha demostrado que cuando se articula, logra cosas extraordinarias. Tal vez el desafío ahora no sea inventar algo nuevo, sino sostener alianzas honestas, incluso cuando no dan resultados inmediatos.
Si este año logramos pasar de alianzas tácticas a alianzas estratégicas, de colaboraciones puntuales a compromisos compartidos, el ecosistema no solo crecerá: se fortalecerá. Pero para que eso ocurra, las alianzas tienen que sostenerse en el tiempo y construirse sobre la confianza, no sobre la urgencia del momento.
Este también puede ser el año para elegir mejor con quién trabajar. Para dejar atrás la lógica de hacer por hacer, de sumar iniciativas y apostar por relaciones donde exista un propósito común. Alianzas donde cada parte se haga responsable y el impacto se multiplique.
Hoy los invito a trabajar en conjunto y con más intención. A construir con quienes estén dispuestos a ir más allá del acuerdo puntual y a comprometerse. Porque cuando hay confianza, foco y coherencia, las alianzas dejan de ser un trámite y se convierten en una verdadera palanca de transformación.