Pico y Placa Medellín
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Por Lina Martínez* - Comunicaciones.wic@womeninconnection.co
Tengo una manía por contar. En un día promedio recibo 150 correos electrónicos, casi la mitad son spam, promociones o cosas similares. Dedico treinta minutos a contenidos aleatorios en Instagram. De sesenta minutos que suele durar una reunión, calculo que presto atención plena durante la mitad. Estimo que buena parte de los mensajes que llegan a mi chat son invitaciones a seminarios, enlaces a webinars o cursos que prometen enseñarme aquello que no sé y que, aparentemente, necesito para sobrevivir y ascender. En la lectura más optimista, soy multitasker comprometida con su carrera. En la más reflexiva, ese conteo me revela que diario entro en una espiral de competencia. Por mi tiempo, atención, productividad y con la inagotable industria del automejoramiento que me vende mi mejor versión, pero que aún no habito.
Este año leí un artículo académico sobre el desajuste evolutivo. Esto es que durante miles de años evolucionamos para vivir en comunidades pequeñas, movernos constantemente, procesar bocados pequeños de información y enfrentar amenazas puntuales. La vida ultramoderna, y uso el hiperbolismo porque modernidad siento que ya no alcanza, nos ha cambiado en formas sustanciales y a velocidades que no se corresponden con nuestras capacidades. Entre las hipótesis que plantea el artículo es sobre el estado casi permanente de competencia, incluso cuando no somos conscientes de ello.
Competimos por atención, belleza, productividad, experiencias, seguidores, impacto. Por demostrar que vivimos sin competir. La competencia, que ha sido atributo de los mercados, ahora es una forma cotidiana de experimentar el mundo. Antes comparábamos nuestra vida con la de personas del barrio. Hoy abrimos el teléfono y vemos a un emprendedor joven y millonario, a una pareja en un entusiasmo amoroso permanente, un atleta que terminó una ultramaratón antes de las ocho de la mañana. Antes de empezar el día, sentimos que alguien nos ganó y no importa qué tanto atomice mi atención en las reuniones, nunca serán suficientes mis esfuerzos. La competencia, mecanismo necesario y muchas veces positivo para organizar los mercados, parece haber rotado de eje y empezó a convertirse en forma de organizar la autoestima. Esta competencia, puede ayudar a entender contradicciones cotidianas. Objetivamente avanzar, pero querer más. La sensación ubicua de escasez en la abundancia. El subtexto es la competencia midiendo lo que hacemos, y nosotros dándole un espacio que no merece.
A pesar de mi resistencia, entro en la espiral. Me cuento y me comparo. Para mi beneficio y perdición, tengo instrumentos para medir y, por eso, alcanzo a darme cuenta cuando convierto la vida en un tablero de indicadores. Lo inquietante es pensar en quienes nunca advierten que se comparan. Viven con la sensación de ir detrás de alguien, de no hacer suficiente, de no ser suficientes. Quizá la epidemia no es competir, sino creer que nuestro valor depende de cómo vamos en la competencia.
*Dir. Centro de Estudios Bienestar-Icesi