Pico y Placa Medellín
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Ingeniero civil con maestrías en Finanzas de la Universidad EAFIT y Administración de City, University of London. Ha sido analista financiero, consultor en estrategia y director de Planeación. Su trayectoria combina el análisis cuantitativo con la comprensión económica de empresas y regiones. Apasionado por los desafíos que despiertan su curiosidad, Mateo plantea lo que Medellín requiere para consolidarse como destino global sostenible.
La hora Gaviria de 1992-93 se vendió como ahorro de energía. Esta vez vendámosla por más seguridad, menos muertos, más comercio, más vida.
Por Mateo Castaño Sierra - @matecastano
Vivir en el trópico es una bendición. Pero hay una maravilla que el ecuador nos niega: los días largos. El primer anochecer a las nueve “de la tarde“ no se olvida. Yo no olvido el mío: el sol afuera cuando debía ser de noche, la ciudad viva cuando las nuestras se apagan. Un privilegio de las latitudes altas, imposible en el trópico ¿O no?
El lugar de Colombia donde más tarde anochece es San Andrés: el 10 de julio el sol se pone a las 6:56 p.m., y es la excepción. Promediando el año y ponderando por población, el colombiano típico vive donde anochece a las 6:03 p.m. Llegamos del trabajo y ya es de noche: comer, televisión, dormir y a madrugar al otro día.
De hecho ¡madrugamos como casi nadie! Según un macroestudio de 2015 con un millón de participantes, Colombia es el segundo país más madrugador del mundo: nos levantamos a las 6:31 a.m., solo por detrás de Sudáfrica. Esto es 40 minutos antes que los mexicanos, 50 antes que los gringos, hora y media antes que los españoles ¡y casi dos horas antes que los griegos! El lío es que como en Colombia amanece a las 5:56 a.m cada día pasamos 35 minutos dormidos con el sol afuera. Parece poco, pero son 213 horas de luz al año –nueve días enteros– tirados a la basura solar.
¿Inevitable? No. La hora oficial la decide cada país. Y adelantar la hora es simple: podemos hacer que amanezca a las 7 en vez de las 6 y que anochezca a las 7 en vez de las 6: pasando la hora de oscuridad de la tarde a la madrugada –cuando aún dormimos. Chile es un buen ejemplo: está en nuestra misma longitud, pero vive una hora adelantado y en verano dos: hay meses que en Santiago son las ocho y en Bogotá apenas las seis, aunque estemos bajo el mismo sol.
Los beneficios de adelantar el reloj y tener luz en la tarde están medidos. En Estados Unidos, dos economistas hallaron que la luz vespertina reduce los robos 27% en la hora del atardecer, 7% en el total día y sin que suban los de la mañana porque los ladrones no madrugan. En otro estudio, se estimó que adelantar el reloj evita casi 200 muertes por tráfico al año en USA ¿el mecanismo? la hora pico ocurre de día y no de noche. Otro estudio en nueve países mostró que los niños hacen entre 15% a 20% más ejercicio cuando anochece tarde y JP Morgan calculó en 3.5% el aumento en ventas del comercio cuando se adelanta el reloj, sobre todo asociado al turismo. En Nicaragua, país cercano, adelantar la hora permitió disminuir 2.7% la demanda eléctrica –justo lo que necesitamos con El Niño en la puerta.
Colombia ya vivió con el reloj adelantado: la hora Gaviria de 1992-93, que mal recordamos porque la asociamos al racionamiento –cuando éste fue causa y no consecuencia. Aquella vez se vendió como ahorro de energía. Esta vez vendámosla por lo otro que también es: más seguridad, menos muertos, más comercio, más vida, más turismo y, de paso la alegría de tener atardeceres a las ocho –sin salir del trópico.
Ingeniero civil con maestrías en Finanzas de la Universidad EAFIT y Administración de City, University of London. Ha sido analista financiero, consultor en estrategia y director de Planeación. Su trayectoria combina el análisis cuantitativo con la comprensión económica de empresas y regiones. Apasionado por los desafíos que despiertan su curiosidad, Mateo plantea lo que Medellín requiere para consolidarse como destino global sostenible.