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Hay que exponerse al conocimiento, hay que enriquecer el alma, hay que nutrir la mente y escuchar al otro con atención para ejercer el libre albedrío con criterio propio.
Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com
Por una de esas recomendaciones que llegan a través de voces amigas, esta semana descubrí un libro que ni acaba de publicarse ni está en las vanidosas listas de bestsellers mundiales. Y como suele ocurrir con las cosas de la vida, llegó en el momento justo y con el mensaje preciso no solo para este fin de semana de elecciones, sino para lo que se nos viene. Se trata del ensayo El coraje del matiz, de Jean Birnbaum, cuyo subtítulo lo dice todo: cómo negarse a ver el mundo en blanco y negro.
Como bien lo deja claro su autor, es un breve manual de supervivencia para estos tiempos de vitrificación ideológica. Una reflexión que celebra la libertad de pensamiento, y la posibilidad de explorar y abrirse a diversos puntos de vista. Y para ello se vale de la voz de otros que, antes que él, también le han dado la vuelta a este asunto.
Quién no ha escuchado a alguien hablar del cansancio que tiene de este ruido constante, de esta virulencia que elimina el diálogo y la exposición de puntos de vista que no por opuestos carecen de valor. A medida que los gritos aumentan en las redes sociales y las frases descontextualizadas navegan a la deriva, se multiplica el número de personas que deciden tomar distancia, no acercarse a esos mundos y en muchos casos ni siquiera informarse sobre la a veces apabullante actualidad. Es decepcionante ver cómo herramientas que se suponían ideales para el intercambio de ideas y para difundir informaciones que contribuiran a la formación de opinión solo causan saturación y un estado de confusión general.
Birnbaum propone volver al refugio del libro para encontrar el matiz. Así, en los textos de Albert Camus encuentra “el deber de dudar”, en los de Hannah Arendt su capacidad para poner en ridículo a todo aquel que renuncie a pensar, en los escritos de Germaine Tillion su esfuerzo por ver bien, comprender y juzgar correctamente en tiempos de pasiones exasperadas, y en los de George Orwell su esperanza en la humanidad.
De ellos, y de otros cuantos, extrae elementos comunes como que eran demasiado sinceros para renunciar a la franqueza, demasiado libres para soportar la disciplina de un partido y “demasiado matizados para alinearse a partir de eslóganes”. Fueron defensores de la prudencia, del sentido común y de la moderación, valores que parecen desvanecerse hoy en medio del griterío.
A estos autores no se les puede acusar de buenismo, ni tampoco se puede decir que cayeron en lo que muchos llaman la “trampa de la bondad”. Simplemente decidieron no creer en dogmatismos y en cambio tendieron puentes, escucharon al otro, reconocieron sus propias carencias y se dieron permiso de pensar.
Vale la pena ensayar la propuesta de Birnbaum, acercarse a los libros que se han ido empolvando en las estanterías o traerlos a la luz de las pantallas digitales. Hay que exponerse al conocimiento, hay que enriquecer el alma, hay que nutrir la mente y escuchar al otro con atención para ejercer el libre albedrío con criterio propio.