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Si ese no era un momento para celebrar la vida, entonces nunca existiría uno apropiado.
Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
Esa noche el cielo que servía de techo, se derrumbó en recuerdos. Era su cumpleaños y estaba acompañado de su hija, su esposa y una gran cantidad de personas desconocidas que la vida había invitado sin consultarle, pero que sacrificaron su tristeza y sus duelos por entonarle con unas palmas de sonora melancolía el Happy birthday to you. No se conocían pero seguramente intuyeron su deseo cuando cerró los ojos para soplar la veladora que servía para la ocasión improvisada.
El festejo se había preparado con mucha antelación. Llegar a los 50 lo ameritaba. La mujer y los muchachos se habían empeñado en concretar lo básico. A los amigos más cercanos —en cariño, no en distancia— al hermano que vivía a un par de cuadras, a su mamá que era cuidada en un hogar de atención especializada, mariachis, comida, salón social del conjunto.. Allí lo llevarían de sorpresa, pero fue la sorpresa la que se los llevó a todos.
La mecha no tardó en ser encendida de nuevo. No fue por ser aquellas velas graciosas que se soplan mil veces e insisten en permanecer con vida, como ellos en ese instante. La encendieron por ser la luz principal en una noche sin estrellas. Todo era oscuridad. No hubo brindis y ni siquiera había torta, pero hubo llanto y abrazos. De gratitud y de tristeza. De fe y resignación. Si ese no era momento para celebrar la vida, entonces nunca existiría uno apropiado.
Su hija lo abraza mientras el mira al cielo. Ella con la ilusión de arrebatarle a la desgracia por unos momentos la mente de su padre, le pregunta que cuál es el recuerdo más lindo de alguno de sus cumpleaños. Parecía que él pudo ver las estrellas mientras cientos de imágenes alumbraban su memoria y sus ojos se cerraban para verlas mejor. Vio ríos, ollas, la cabeza destrozada de un animal de papel con entrañas hechas juguetes y dulces. Vio velitas coloridas en forma de números que pasaban de unidades a décimas y que en algún momento pasaron a signos de interrogación. Le contó a la joven historias de regalos que lo sorprendieron, de bailes con cuadras cerradas, de primeros besos que fueron obsequios. Trató de describirle el aroma de su viejo que hacía años ya solo lo escuchaba en sueños ocasionales, del asado en que su hermano no dejó un gramo de carne sin quemar, de aquel cumpleaños suyo al que llegó tarde porque se pasó de guaro desde temprano y no despertó hasta el otro día. Le habló hasta que el amanecer los trajo de vuelta y la fiesta de palabras felices terminó.
No tenían a dónde entrar ni un colchón que sacar pero sí el cobijo de tantas cosas de las que ella nunca se había enterado, de esa habitación en la vida de su padre a la que no había entrado y cuya llave fue una simple pregunta en el momento indicado. Él se levanta para ir en ayuda de otros. Ella se queda con esa voz que solo volvería a escuchar en algún sueño ocasional.