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La trampa de
la velocidad
En sus historietas Quino puso a la brillante Mafalda a hacerse tantas preguntas como fueran posibles y de paso nos sacudió, aún lo hace, con las reflexiones adultas de una niña de 6 años que se metió en temas de paz, en el rol de las mujeres en un mundo tan masculino, en asuntos sociales, política y crianza. Hay una de esas caricaturas que define una sensación que me acompaña. Es esa en la que Mafalda, con un mapamundi a su lado, lanza un grito: “paren el mundo que me quiero bajar”.
Esa emoción la explico en mí por la velocidad, la agitación con la que vamos. La palabra “pausa” está subestimada. Vamos tan rápido, con el afán de cambiarlo todo, así esté funcionando, con la premisa de que el pasado es malo o equivocado y lo nuevo, bueno y pertinente.
En el caso de la agenda del país y de las aceleradas reformas que se plantean al modelo económico, político y social debo decir que siento que van a toda velocidad, sin que eso sea bueno. Tanto que mientras entendemos, por ejemplo, los cambios estructurales que se proponen para el sistema de salud y emitimos alertas y recomendaciones, calentamos motores para la reforma laboral y otras anunciadas.
Esa agitación es una carrera permanente que nos pone en modo alerta todo el tiempo, con más incertidumbres que certezas, que nos hace reactivos, y sin opción de pensarnos como sociedad en un proyecto colectivo y de beneficio para todos. Navegamos en muchas realidades: pensar en el largo plazo y también en la inmediatez que nos demanda la coyuntura o los intereses de los proyectos políticos de turno.
Es ingenuo pretender que el mundo se detenga para bajarnos como lo quería Mafalda o lograr una desaceleración en este agite.
Lo que sí debiéramos hacer es una gran reflexión en la que reivindiquemos el papel de la pausa, darle un lugar de honor, como una herramienta para tener discusiones profundas que nos dejen visualizar cómo los cambios propuestos van a impactar en nuestra vida, en la cotidianidad y el futuro de 50 millones de colombianos. Los titulares son atractivos, pero efímeros y a veces peligrosos porque no dan cuenta de toda la verdad, ni nos muestran la foto completa.
Es engañoso justificar nuestros actos con frases populares como el que piensa, pierde. Hemos perdido por el afán de cumplir agendas personales o políticas sin tener las suficientes herramientas e información. Por evitar la pausa y andar a toda velocidad.
Y ojo que la pausa está lejos de ser quietud o dejar de hacer. Es espacio para pensar, cuestionar y preparar la acción. Los buenos cambios necesitan planeación. Improvisar nos dejará costos muy altos.
Vale la pena preguntarnos si la velocidad a la que vamos, el afán, la inmediatez de la política, es una trampa en la que caemos una y otra vez.
*Presidenta Ejecutiva Proantioquia