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Columnistas | PUBLICADO EL 29 abril 2022

La razón de la sinrazón

El general Zapateiro estaba obligado, como lo exige la responsabilidad inherente a su cargo, a salir en defensa del buen nombre de la institución.

Por Henry Medina Uribe - medina.henry@gmail.com

Es difícil entender la lógica política que llevó al candidato Gustavo Petro a ofender el honor militar de miles de hombres y mujeres. Resulta inexplicable que un candidato a convertirse en comandante supremo de las fuerzas armadas, jefe de Estado y de gobierno, suprema autoridad administrativa y símbolo de la unidad nacional, reiteradamente falte al respeto que de forma merecida han ganado las fuerzas armadas en sus dos siglos de existencia. Es increíble también que aproveche el dolor y luto causados por la muerte de siete militares en cumplimiento de su misión constitucional para lanzar, sin dar nombres ni pruebas, graves acusaciones que afectan la dignidad militar.

El comandante del Ejército, general Eduardo Enrique Zapateiro, estaba obligado, como lo exige la responsabilidad inherente a su cargo, a salir en defensa del buen nombre de la institución y exigir que se compruebe o niegue la veracidad de tan graves acusaciones. Si bien el artículo 219 de la Constitución determina que la fuerza pública no es deliberante, también es verdad que fija como excepción los asuntos que se relacionen con el servicio y la moralidad de la Fuerza. Eso fue lo que hizo, en ejercicio de las atribuciones que le son propias.

Tampoco se puede argumentar acertadamente que el general utilizó su cargo para presionar a los ciudadanos a respaldar una campaña política (art. 127, C. P.) ¿De cual presión se está hablando? Otra cosa es que la reacción en caliente lo llevara a alguna frase desafortunada.

Me hubiera gustado, eso sí, ver al ministro de Defensa, respaldado por los comandantes de fuerza, reclamando respeto a la dignidad de la institución y cortar de tajo lo que se está haciendo costumbre: hacer política partidista con la institución castrense. En mi sentir, no hubo participación en política ni hay mérito alguno para una acción disciplinaria.

Preocupa que estos aspectos de coyuntura sean un factor distractor más, que niega los reales temas que deberían estar en la agenda diaria de las diferentes campañas, como la forma de cortar la espiral de violencia y las estrategias para encontrar el camino hacia la paz, el desarrollo y la sana convivencia. Al contrario, nos encontramos en una campaña que ha resultado tóxica, donde los candidatos se aferran a la diatriba personal y a la demonización del otro, sin importarles el país.

Así no lograremos una sociedad en construcción, sino en autodestrucción.

Parece que Colombia se estuviera convirtiendo en Farsalia Nova, el país imaginario donde transcurre la fábula “La razón de la sinrazón” de Pérez Galdós. Allí, Dióscoro, político hipócrita, astuto y zorro, promueve el afán ciego y sin freno de poder y riqueza, a la vez que engendra caos, corrupción e injusticia, hasta acercarse al triunfo de la mentira y la sinrazón sobre la verdad y la razón. Al final, Atenaida surge como símbolo de la razón triunfante.

En el actual contexto, no podemos permitir que, mediante acciones despreciables, inventemos escenarios catastróficos y que luego nos los creamos para darle espacio al triunfo de la sinrazón 

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