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Columnistas | PUBLICADO EL 11 agosto 2022

La espada de Bolívar

Siendo un servidor republicano por conciencia y monárquico por conveniencia, entiendo que resulta cuando menos inapropiado que el rey de España se levante ante el símbolo bajo el que murieron miles de compatriotas.

Por Humberto Montero - hmontero@larazon.es

El rey de España se ha negado a levantarse al paso de la espada de Bolívar. ¡Una afrenta nunca vista! ¡Un insulto a todos los colombianos! La vejación sufrida por Gustavo Petro en su pomposa toma de posesión bolivariana ha enervado a los filocomunistas españoles de Podemos, muy republicanos y “maduristas” ellos. Los mismos, mismas y “mismes” caraduras que se largan a Nueva York de vacaciones con las amigas a costa de los contribuyentes de a pie —infelices burgueses— se rasgan las vestiduras porque Felipe VI les ha desairado, a ustedes, presuntamente. Por lo visto, no caen en la cuenta de que no hay por qué levantarse al paso de una espada, para empezar. Un objeto creado para matar, por otra parte, y con la que a buen seguro Bolívar habría pasado a degüello a más de uno de los antepasados de esos rojos de salón que les ríen las gracias a todos los tiranos caribeños y no caribeños del mundo, aunque luego se vayan con las amiguitas a hacerse “selfies” a Times Square en vez de a las muy hermosas plazas de Pyongyang. Tampoco han caído en la cuenta de que para ustedes el asunto ha pasado más bien inadvertido, sea porque se las trae al pairo lo que haga o deje de hacer el rey de España o porque igual hubieran obrado como él.

El hecho de que toda la escoria que defiende a los Canel, Maduro, Ortega y compañía, asesinos en primer grado y unos chorizos de manual, se lance como alimañas contra el rey de España ya debería hacernos reflexionar sobre que, probablemente, estuviera más que justificado el comportamiento del monarca español.

Siendo un servidor republicano por conciencia y monárquico por conveniencia, entiendo que resulta cuando menos inapropiado que el rey de España se levante ante el símbolo bajo el que murieron miles de compatriotas tratando de guardar aquellos territorios para la causa realista. Más que eso, diría que hay que ser muy poco avispado, por no decir lerdo, para enaltecer la guadaña que segó la vida de soldados españoles.

Porque, aunque un servidor tiene en su casa una figura bien grande tallada en madera de Simón Bolívar como recuerdo de uno de sus muchos viajes por Venezuela, no puedo por menos que recordar que Bolívar, al fin, fue para algunos un libertador y para otros un traidor. Pero como de eso hace ya mucho tiempo, vayamos a la última de las paradojas de este asunto. Quizá la más grande.

La izquierda, a la que siempre le sale todo mal por su ineptitud y su manía por igualarnos a todos en la miseria mientras ellos se llenan los bolsillos, necesita de iconos que la derecha deshecha. Bolívar es un buen ejemplo. Y es que el Libertador nació en cuna de oro. Hijo de un coronel y heredero de mayorazgos y haciendas. Se casó con una española, como él, nacida a este lado del Atlántico, a la que conoció en el primero de sus muchos viajes por Europa. Viviendo como un rico aristócrata residió en Madrid y París, y visitó también parte de los Estados Unidos. Todos ustedes conocen mejor que yo la historia de Bolívar, un potentado crecido con todos los privilegios que le otorgó a su estirpe la tutela española. Ese es el estandarte que la izquierda enarbola: un terrateniente 

Humberto Montero

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