viernes
3 y 4
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En mis estudios de bachillerato en el Seminario Conciliar de Jericó, le preguntábamos por señas al campanero qué hora era. Él no miraba su reloj; se hundía el dedo índice de la mano derecha en el estómago, y decía: faltan diez para las doce. El dato esperado era el momento en que iríamos al comedor, y que marcaba una referencia importante: la mitad de la jornada de estudio. Siempre he dicho que, con los bemoles que nunca faltan, mi bachillerato fue como una novela, y de las mejores. Por eso tengo...
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