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Si fuera a abrir una librería, ¿cómo se la imaginaría?, ¿alguna idea?, o simplemente esperaría el envío de los libros de las distintas editoriales para ser, como tantas, la oferta de las novedades que cambian rápidamente bajo una única premisa: si se venden o no. Pero armar una librería requiere de ingenio e identidad, o al menos así lo plantea Laurence Cossé en “La buena novela”.
Pues resulta que en un propósito semejante se encuentran Van, un gran librero que dedica seis meses a leer y seis para recomendar lo leído; y Francesca, una heredera que tiene el firme propósito de abrir una buena librería y al conocer a Van sabe que solo él puede ser el cómplice de este proyecto que llevará por nombre La Buena Novela. Como su nombre lo indica, la oferta allí será estricta: venderán novelas y nada más que novelas. Las buenas, por supuesto. Pero cómo saber cuáles son las buenas. Con el fin de asegurar una mayor diversidad de criterios, para curar los libros que venderán, seleccionan muy bien a ocho escritores. Cada uno de ellos recomendará sus 300 libros favoritos, especialmente de literatura francesa. Como quieren que todo sea ultra secreto, ninguno de los miembros del comité debe saber quiénes son los integrantes y Van y Francesca toman las medidas respectivas en la comunicación para que nada se filtre.
Esta sí que es una librería con criterio, y con premisas: “todos los libros que vendemos serán nuestros preferidos”. “Las novedades se las dejamos a las demás librerías”. “El buen librero lo que hace muchas veces es hojear quinientos, seiscientos libros para luego recomendar solo diez”, en fin; con una librería así, nada malo puede pasar, las ventas son una locura, todos hablan de La Buena Novela. Pero sí, algo malo puede pasar, algunos miembros del comité secreto empiezan a ser víctimas de accidentes y amenazas que comprometen la vida. ¿Cómo han podido dar con los miembros del comité pese a la cantidad de precauciones tomadas?
En el fondo, puede que todo se resuma en ese asunto milenario: la envidia, o ese deseo macabro de manipular y destrozar el trabajo ajeno. Pero mejor, que sea el lector quien descubra qué pasa en esta historia sorprendente, que se lee con placer y hace soñar con librerías increíbles, con criterio, novedosas; después de todo, el propósito más bello de La Buena Novela es que al menos en Francia, en todas las comidas o las cenas y en todos los restaurantes, al menos en una de las mesas se hable de libros. “Es nuestra apuesta, nuestra convicción, nuestra esperanza”, dice Van.