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Columnistas | PUBLICADO EL 08 enero 2020

Judíos en Antioquia

Por alberto velásquez m.redaccion@elcolombiano.com.co

¿De dónde proviene el pueblo antioqueño? Un misterio que se va aclarando a medida que avanzamos en la lectura del interesante, documentado y bien escrito texto “Los Hijos de la Montaña: La leyenda judía”, de la investigadora Gloria Montoya. Mitos, historia, leyendas, tradición oral, recoge en su obra, bella narrativa sobre el origen, coincidencias y desarrollo del llamado pueblo de la dura cerviz.

Este pueblo paisa, como dice la autora del libro, “inmerso en un halo de misterio no resuelto, es un producto del encuentro entre españoles, algunos de ascendencia judía, aborígenes y africanos, en donde floreció una población vigorosa, emprendedora y enérgica”. Un pueblo lleno de similitudes con el pueblo de Israel, las que trae con donosura y rigor investigativo la autora del texto. Plantea ideas y suministra pruebas precisas para convencer de que no están tan equivocados quienes, como ella, sostienen que la procedencia paisa es de tierras israelitas.

Gloria Montoya habla de Cristóbal Colón y su testarudez ante la corona española para lograr convertir su sueño en realidades, con la aprobación de su viaje hacia las Indias. Hacia el encuentro con “América, esa equivocación”, llamada así por el escritor Enrique Caballero Escovar. Nuestra autora describe unos diálogos reales e imaginados que fascinan al lector. Es el hechizo de la historia novelada, apoyada simultáneamente en hechos y ficciones, género insuperable para el lector moderno.

La región del Suroeste antioqueño fue escenario de no pocos hijos de Israel, sostiene la autora con argumentos y relatos puntuales de geografía e historia poco controvertibles. Perseguidos, ocuparon esas montañas inaccesibles para protegerse en sus éxodos y migraciones forzadas y de las circunstancias azarosas que se les presentaban para conservar sus vidas. Mucho tiempo anduvieron por esos riscos escondidos y asilados. Compartieron con sus vecinos, “alimentos hechos de maíz, sin levadura, y que tienen la forma de pan ácimo. Usaban estos paisas amigos, las tradicionales alpargatas” a semejanza de los israelitas discípulos de Jesús.

No pocas de las familias españolas que vinieron a territorio antioqueño eran cristianos viejos, sefarditas marranos o conversos. Y confirma la autora: “se instalaron en Santa Fe de Antioquia, Remedios, Zaragoza, Cáceres o en Rionegro”. Incorpora a Medellín como capital receptora de la migración judía. Muchos de esos apellidos permanecieron “escondidos por siglos en sus profundas montañas y al igual que los de la tribu de Rubén, empezaron su descenso y se hizo por fin un solo pueblo ahora visible”. Los sefarditas que se cambiaron de nombre y apellido desde antes, retomaron los antiguos y a partir de allí se llamaron Efraín, Rubén, Jacob, Ligia, Ester, Débora y las tierras tomaron nombres del Viejo Testamento.

Este es un texto de obligatoria consulta para quienes acunan la curiosidad de averiguar por los ancestros de la estirpe paisa, andariega, colonizadora, creadora, libertaria, palabras transcendentales que lleva siempre como estado permanente del alma. Páginas para disfrutar por su estilo ágil, erudito, ameno, riguroso en sus coincidencias y concordancias étnicas y culturales, sin caer en la monotonía. Acapara y conquista la atención desde el primer momento en que se abren sus páginas, para subrayarlo, para meditarlo, para retrotraerse a tiempos lejanos.

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