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¡Reformemos la OTAN: bases españolas en Florida ya!

Que no se nos olvide que eso fue hace nada, a finales del XVIII y que solo un siglo después los gringos nos pagaban el favor arrebatando a España Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam.

24 de abril de 2025
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  • ¡Reformemos la OTAN: bases españolas en Florida ya!

Por Humberto Montero - hmontero@larazon.es

El mayor ejército del mundo está en manos de un tarado que se dedica a airear en chats civiles los planes de ataque estadounidenses contra los rebeldes hutíes de Yemen, esos que tienen en ascuas el tráfico marítimo por el Canal de Suez. Hablamos del jefe del Pentágono, Pete Hegseth, criticado hasta por congresistas republicanos, que piden su dimisión. El mismo que en su libro “American Crusade” (”La cruzada estadounidense”) afirma que “la OTAN no es una alianza, sino un arreglo de defensa para Europa, pagado y respaldado por Estados Unidos”, y en el que propone que sea “desmantelada y reconstruida para que la libertad sea defendida de verdad”. ¿A qué libertad se refiere? Suponemos que a la suya nada más.

Sinceramente, ya que tan mala opinión tiene el fulano de Europa, que se largue de aquí y que se lleve sus casacas. Si tan gorrones somos, váyase, hombre. Desmantele las bases estadounidenses en Europa. De hecho, saque a la VI Flota de EE UU del Mar Mediterráneo, donde no pinta nada, que está muy lejos de su casa y cuesta un ojo de la cara mantenerla para protegernos.

Ojo, no soy un peligroso comunista, no. Soy un atlantista y europeísta convencido, liberal por los cuatro costados, lo que más les duele a los “nazionalistas” de cualquier país.

Porque, a ver, si queremos una OTAN que sea paritaria, como propugna el Hegseth este -de orígenes noruegos y que lleva tatuadas no sé cuántas cruces y hasta armas junto a las barras y estrellas- empecemos por permitir bases conjuntas europeas en suelo americano. Eso sí es paridad. Porque oiga, no le vamos a negar que ustedes sacaron las castañas del fuego a franceses e ingleses durante las dos guerras mundiales, pero si eso les da derecho a tener bases por aquí, a nosotros los españoles (y a los franceses, en menor medida) también se nos debería permitir plantar nuestras banderas en un acuartelamiento conjunto en Florida, Luisiana, Tejas, Nuevo México, California, Arizona o Nevada, por ejemplo. No en vano, les ayudamos en su Guerra de Independencia contra los británicos, cuando solo eran 13 colonias y prometían quedarse quietecitos hasta los Apalaches.

Que no se nos olvide que eso fue hace nada, a finales del XVIII y que solo un siglo después los gringos nos pagaban el favor arrebatando a España Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam.

Nada tengo contra Estados Unidos, al contrario, porque del rencor nada bueno surge. Me han leído propugnar la necesidad de fortalecer los vínculos trasatlánticos, de ampliarlos a Iberoamérica, de exigir a China apertura política y que deje de aplicar su estrategia de comprarse todas las tiendas de la calle para tener el monopolio del barrio. De plantarle cara de verdad a Putin, que no a la mayoría de rusos, sus víctimas, que están cayendo como chinches en Ucrania. Me han leído defender los principios de Estados Unidos, un país hecho por hombres libres y criticar también sus excesos, como que los vendedores de crecepelos y remedios mágicos de las películas del Oeste sigan engañando a los más pobres para llenarse los bolsillos. Como el Hegseth este.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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