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No necesita apellido. Nació hace 80 años, murió hace 25. Era paisa, vivió en Cali, Bogotá, La Mancha, Dinamarca, e Inglaterra de finales del XVI. Conversó con Thomas Mann, Freud, Platón, Kant, Marx, Nietzsche. Cuando lo doctoraron honoris causa en la U. del Valle, no sabían en qué disciplina honrarlo, filosofía, economía, sicología, literatura o algo así.
Se retiró en cuarto de secundaria porque el colegio no le dejaba tiempo para aprender. No escribió libros, los que circulan con su nombre fueron transcritos y editados por sus discípulos que abarrotaban aulas donde ejercía la tertulia.
Zuleta escuchó la queja de Oscar Wilde sobre la sociedad de finales del XIX: “hay algo trágico en el enorme número de jóvenes que viven en Inglaterra en la época actual: empiezan su vida con perfiles perfectos, y acaban por adoptar alguna profesión útil”. Puso al servicio de lo inútil su memoria de elefante, su punzante ojo que todo lo conectaba para extraer de la unidad un zumo irreductible.
La semana pasada, aniversario de sus dos fechas límite, comenzaron homenajes en las tres principales ciudades colombianas. William Ospina, su alumno informal más iluminado, leyó en Bogotá un ensayo esférico escrito la víspera. Todo lo remitió a la poesía –Holderlin, Baudelaire-, de la que Estanislao arrancaba su perspicacia de futuro.
Han concurrido sus hijos, nietos, su segunda esposa, y una pléyade de muchachos fundadores de partido político que rescata a los pensadores muertos, poetas muertos, en vista de que los líderes vivos se pasaron de vivos y saturaron de muertos este país apenas sobreviviente.
Estanislao Zuleta no fue profesional útil porque comprendió lo que eso significa. “La educación –enseñaba- tiende a producir un individuo que no sepa qué puede hacer cuando tiene niguas, y que tenga que contratar un médico y pagar una consulta para que se las saquen... La sociedad necesita que la gente no sepa nada de su cuerpo y de su funcionamiento, porque para eso está la medicina”.
Él no estaba para eso. Lo suyo no eran las niguas. Lo suyo era la infinita red de pequeñas sabidurías que hacen la vida y la libertad y la democracia y la felicidad. “No tomemos la técnica –advirtió- como la dirección del desarrollo humano. La técnica progresa de manera inevitable, pero tiene un tiempo que no es el de la cultura”.