Pico y Placa Medellín
viernes
7 y 9
7 y 9
El mundo ya tiene menos hijos de los que necesita para mantener su población en el largo plazo, algo que no habían logrado ni las guerras mundiales ni las pandemias.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
Algo de vanidad tenemos los humanos que nos lleva siempre a pensar que vivimos en una era especial: por ahí uno lee que esta es una época de caos y cambios políticos sin precedentes —basta abrir cualquier libro con más de un par de décadas encima para contrastarlo—, o de una innovación tecnológica nunca antes vista —compara el día a día de tus bisabuelos, el de tus papás y el tuyo, a ver dónde estuvo el verdadero salto—. Algo de narcisismo de época: creer que somos los primeros y únicos a los que les pasa todo. La necesidad de sentirnos especiales.
Pues bueno, hay una buena noticia. O una mala. La verdad no sé bien cuál, pero, como he insistido cada tanto en esta columna, sí vivimos una época sin precedentes históricos, en la que somos genuinamente generaciones únicas y especiales: por primera vez en la historia, la natalidad está cayendo en casi todos los países del mundo al mismo tiempo.
El mundo ya tiene menos hijos de los que necesita para mantener su población en el largo plazo, algo que no habían logrado ni las guerras mundiales ni las pandemias. Y, a diferencia de lo que sugerían casos célebres como el japonés, las caídas más aceleradas ocurren en los países emergentes. Así lo documenta el economista Jesús Fernández-Villaverde en un artículo reciente, con los últimos datos: en Colombia nacen hoy 35% menos personas que hace una década, y en 2025 nuestra tasa de fertilidad (TFR) fue de 1,01 hijos por mujer, ya inferior a la de Japón, y más baja todavía en Bogotá o Medellín. Nuestra curva de nacimientos parece una montaña rusa: pico a finales de los 90 y, desde entonces, caída cada vez más empinada, sin tocar piso todavía.
Pero no somos los únicos: Tailandia está en 0,87 y Chile en niveles cercanos a los nuestros.
Más que una excepción, Japón y otros países de baja natalidad, como Italia o Corea del Sur, resultaron simplemente ir adelante en un camino que los países con menos ingresos recorremos más rápido. De hecho, varios países de ingresos medios ya tienen menor fecundidad que buena parte del mundo rico, invirtiendo un patrón que por décadas pareció casi una ley del desarrollo.
Esta “revolución” no parece tal, sino que avanza en silencio: la pareja que espera hasta pasados los 30 y tiene uno o máximo dos hijos, la familia joven con tres que ya suena casi exótica, el conocido que prefirió no casarse ni tener hijos. Nada de eso escandaliza. Pero los hijos, como explica lúcidamente Fernández-Villaverde en Terra Incognita, vienen en números enteros: nadie tiene 2,1, y siempre habrá quienes tengan cero o uno, así que cada mujer que decide no tenerlos exige, para sostener el reemplazo, que muchas otras familias tengan tres o más.
Por eso el cambio es mucho más rápido de lo que se cree: basta, por ejemplo, que 24 mujeres de cada 100 que habrían tenido dos hijos terminen sin ninguno para que el promedio caiga de 1,8 a 1,3, y, a ese ritmo, una generación de 100 personas sería reemplazada 150 años después por otra de menos de diez. Se ve mejor en el tamaño de las familias, generación tras generación: con la TFR de 3 de comienzos de los 90, cada pareja dejaba en teoría nueve nietos. Con una de poco más de 2, unos cuatro. Pero con la colombiana de hoy, apenas uno: difícil pensar en diciembres como los que nos han tocado a muchos.
Somos especiales, ahora sí, de verdad.