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La soledad no se encuentra

Yo he llevado la idea del espacio propio bastante lejos y cada año me alquilo un lugar en el campo, donde me retiro sola a escribir durante un mes entero.

hace 5 horas
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  • La soledad no se encuentra

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

La imagen es la siguiente: una mamá se encierra en el baño para tratar de pintarse las uñas mientras afuera, una turba de niños revoltosos, hacen hasta lo imposible por llamar la atención. No sé si saben, pero una mujer con las uñas recién pintadas no puede ni mirarse, queda inhabilitada durante varios minutos para cualquier labor. Esa mamá, por supuesto, era la mía y no se pintaba las uñas propiamente por vanidad, era tan solo un mecanismo para descansar un rato de nosotros, que éramos tantos y tan demandantes.

Son curiosas las razones por las cuales hacemos lo que hacemos, aunque no siempre seamos conscientes de ellas. En El nervio óptico, María Gainza escribió: «Hacerse la manicura es la fórmula más barata que encontraste para no dejarte arrastrar hacia las sombras. Por lo general funciona, te mantiene en el presente, concertada en una porción diminuta de ti misma». La manicura como fórmula contra la tristeza. Yo me pinto las uñas para evitar comérmelas, el truco está en que le pongo tanto esmero que luego lo pienso dos veces antes de meterles el diente. Creo que los comedores de uñas somos un poco caníbales, nunca quedamos satisfechos con la uña, una vez empezamos, tenemos que seguir con la cutícula y luego con los cueritos del borde que, a decir verdad, son los mejores. La manicura contra el canibalismo.

En su novela El coste de vivir, Deborah Levy nos cuenta: «A mi madre le gustaba comer sola en la cocina porque era el único lugar donde podía escuchar sus pensamientos. No tenía otro lugar adónde ir». Una vez descubrí a mi abuela llorando escondida dentro de la despensa. Atendía un caserón inmenso —y a una familia inmensa— y, sin embargo, no había ni un solo lugar para ella sola. Tengo amigas que se apuntan a clases de cualquier cosa sólo por tener un espacio únicamente para ellas porque ni dentro de sus propias casas lo encuentran. Una admitió que iba a cine inicialmente para darse el lujo de sentarse dos horas sin tener que pensar en nada, luego descubrió que, además, era un excelente lugar para dormir.

Lo que quiero decir ya lo había dicho Virginia Woolf hace casi cien años y sigue tan vigente como en ese entonces: necesitamos espacio, tiempo y dinero para dedicarnos a nuestros intereses porque, normalmente, van en contravía con los intereses de la familia. La familia te quiere siempre presente para que la atiendas, pero ¿dónde quedas tú? ¿quién eres sin ellos? Muchas mujeres se entregan del todo y luego, cuando los hijos y el marido se van, les cuesta un montón recomponer su personaje.

Yo he llevado la idea del espacio propio bastante lejos y cada año me alquilo un lugar en el campo donde me retiro sola a escribir durante un mes entero, así que entiendo demasiado bien lo que quiso decir Margarite Duras cuando escribió: La soledad no se encuentra, se hace». Tienes que crear tus espacios y defenderlos con fiereza. El único riesgo, quedas advertida, es que después no hay reversa.

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