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La dignidad del arraigo

El supuesto progreso que arrasa con la identidad local y fractura el tejido social no es desarrollo, es despojo consentido.

hace 5 horas
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  • La dignidad del arraigo

Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com

Hay un hilo invisible, casi poético, que une las decisiones humanas más viscerales con la memoria de la tierra que habitan. Ocurre a menudo en rincones apartados de la geografía, allí donde el progreso, revestido con su habitual arrogancia tecnológica, llega tocando a la puerta con maletines llenos de millones de dólares. Sucedió recientemente en Kentucky, Estados Unidos, cuando una madre y su hija decidieron rechazar con firmeza una oferta de 26 millones de dólares por sus tierras. Una multinacional pretendía transformar sus cultivos familiares en un gigantesco centro de datos para alimentar la inteligencia artificial.

La noticia causó un revuelo inmediato en su pequeña comunidad. Muchos vecinos las tildaron despectivamente de atrasadas y tercas, incapaces de dimensionar los supuestos beneficios económicos de la modernidad. Pero detrás de su rotunda negativa no había un acto de ignorancia profunda, sino una hermosa lección de dignidad. Para estas mujeres, el valor real de su territorio no se mide bajo la fría lógica del dividendo o la rentabilidad del algoritmo, sino que se calcula en el arraigo diario, en la sombra de los árboles que sembraron sus ancestros y en el derecho soberano a decidir sobre su propio destino.

La oferta provenía de Meta, que buscaba adquirir las 216 hectáreas de sus terrenos con el fin de construir un centro de datos gigantesco, y para ello las tentaba con un precio que multiplicaba por diez su valor comercial. A Delsia Bare, la hija, le ofrecieron unos 118.600 dólares por hectárea, mientras que a su madre de 83 años, Ida Huddleston, le prometieron alrededor de 148.200 dólares por hectárea. Al enterarse del destino industrial de su herencia familiar de 200 años, rechazaron el trato. La decisión desató una fractura social en el pueblo de 8.700 habitantes, dividiendo a los vecinos entre quienes las apoyan por el impacto ambiental del consumo masivo de agua y energía, y quienes las acusan de frenar una inversión prometida de 110 millones de dólares para la infraestructura local.

La estampa define esta época en la que asistimos impasibles a la toma de los últimos espacios donde el hombre buscó un día trascender. La inteligencia artificial avanza devorándolo todo a su paso. Exige hectáreas de suelo, cantidades descomunales de agua dulce y una energía infinita para sostener nubes virtuales. En esa carrera corporativa desenfrenada, el paisaje se convierte en mera infraestructura desechable. Lo trágico de este modelo es que despoja a los territorios de su alma fundacional, transformando comunidades enteras en frías escenografías de cemento, metal y cableado.

¿Será iluso anhelar una sociedad que comprenda que la riqueza material jamás podrá sustituir la soberanía de una comunidad unida? El supuesto progreso que arrasa con la identidad local y fractura el tejido social no es desarrollo, es despojo consentido. La valiente decisión de estas mujeres invita a reflexionar con actitud crítica antes de aplaudir ciegamente cada avance de la técnica. Al final del día, la memoria común y el arraigo valen más que cualquier billetera corporativa.

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