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Columnistas | PUBLICADO EL 29 enero 2022

Esencialismo

Por JULIÁN POSADA primiziasuper@hotmail.com

¿Somos realmente capaces de distinguir entre lo relevante y lo que no lo es? Desde hace días esa idea ronda mi cabeza. El pensamiento se materializa cuando me acuesto o realizo una pausa, cuando a veces siento que no hice lo suficiente y que las horas del día se agotaron. Se trata de una sensación frecuente, un sentimiento incómodo con diversos interrogantes: ¿es realmente necesario sentirse culpable o mal?, ¿debemos ser siempre productivos?, ¿será posible ponerle fin al afán?

Alguna vez le escuché decir a un amigo que “no se trata de hacer mucho, sino de hacerlo mejor”. Esas palabras resuenan aún hoy en mi cabeza, ¿será esa la verdad?, ¿será que ciega y dócilmente nos autoexplotamos con la vana ilusión de triunfar, de crecer, de tener más y de ser más grandes? Ante esa sociedad del cansancio (como la llamó Byung-Chul Han), me pregunto... ¿y si estamos equivocados?

No soy de los que cree ingenuamente que sea necesario dejarlo todo de lado, puede que baste con hacer un intercambio, con elegir, tomar decisiones y descartar. Podemos hacer que cuando algo entre en nuestra vida, algo salga. También puede que la clave habite en un acto sencillo y muy humano: ser capaces de decir “no, gracias”.

En esa misma línea se dice que el 20 % de las cosas que hacemos producen el 80 % de nuestros resultados. Vale la pena, entonces, revisar, con juicio, qué cosas de las que hacemos son innecesarias, cuáles, por haberlas hecho durante años, ya hacen parte de nuestras rutinas o son, más bien, vicios adquiridos, que si eliminamos no harán falta y nos permitirán liberar tiempo, presiones y ansiedades.

¿Cuesta hacerlo? Claro, mucho, implica aceptar perder en lo invertido, el tiempo o el dinero gastado, en la energía empleada. Ese es el inicio de la ruta hacia lo esencial, el instante certero del enfoque. La luz del sol solo quema cuando se concentra en algo, de lo contrario es solo ondas luminosas.

Si no sabemos con certeza qué queremos, el viento nos conducirá en múltiples direcciones y nos impedirá arribar a algún puerto.

Para evitar que eso pase y antes de eliminar cosas de nuestras vidas debemos declarar una intención, un propósito, un rumbo o una meta y comprometernos a que cada acción que realicemos, de ahí en adelante, se oriente hacia esa causa, desde lo grande hasta lo pequeño, desde lo simple hasta lo complejo, desde lo que disfrutamos hasta lo que no gozamos, desde lo acostumbrado hasta lo nuevo.

Tiempo, repetición y algo de disciplina hacen que lo esencial se transforme en rutina, crean un sistema autosostenible, que se ejecuta de manera fácil y que logra que nuestra vida se mantenga en orden, que pase de ser ese espacio atiborrado de objetos y pensamientos a convertirse en un lugar limpio, generoso y funcional.

Queda viva una tarea: evaluar todas las opciones posibles, observarlas con calma, desapegarse de lo acostumbrado, darse la oportunidad de soltar, no posponerse como individuo, darse prioridad, definir una intención, aprender a decir no y aprovechar cada minuto para dejar de caminar en círculos y dirigirse al frente, a ese norte privado, secreto e igualmente luminoso y apasionante 

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