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Columnistas | PUBLICADO EL 09 julio 2022

Esa nostalgia del campo

Esa tentación del campo es un lujo fácil de los citadinos que renunciaron hace tiempo a su ancestro campesino. Esos habitantes de ciudad que no piensan en comprometerse con la suerte de quienes sí tienen que madrugar antes de que salga el sol.

Por Ernesto Ochoa Moreno - ochoaernesto18@gmail.com

Alguna vez, hace no sé cuántos años, escribí una columna sobre la tristeza que lo invade a uno en las tardes de domingo. He encontrado algunos de sus párrafos en el viejo cuaderno de notas en el que redacto a pedazos mis artículos, lo que me suele servir de base para mis artículos completos. Muchas veces esos textos me alimentan un comentario que publico; a veces se quedan inéditos, perdidos entre libros y papeles.

Sobre el tema de las tardes de domingo, tan deprimentes, tan aburridoras, decía en alguna oportunidad que en ellas casi que gritamos esas ganas de estar en el campo desde la ventana en que nos paramos a ver las calles vacías, invadidas por el sol mustio de las tardes dominicales, llenas de soledad y desencanto. Supuestamente, la ciudad está vacía el fin de semana porque las gentes la abandonaron para huir hacia lo verde, hacia el aire puro.

Recuerdo una frase de Stendhal en Rojo y negro: “Voy a buscar la soledad y la paz campestre en el único lugar donde existen en Francia: en un cuarto piso que dé a los Campos Elíseos”. Un pensamiento con el que conjuro este angustioso deseo de volver al campo. Que es casi, más bien, una pesadilla. Abandonar el asfalto, las carreras, el frenesí, la atosigante atmósfera de la urbe. Despojarnos, como de una piel incómoda, del ajetreo de la semana para gozar de la ficticia arcadia de un paisaje campestre.

¿Qué hay detrás de esa nostalgia del campo? ¿Qué busca uno cuando sueña con conseguir una finquita (así, en diminutivo, claro) y perderse por los vericuetos dorados de un idilio campesino, con trinos de pájaros en las mañanas, con el aroma de la tierra metiéndose por los huesos, y todos los demás placeres bucólicos que se vienen a la mente cuando se naufraga en el asfalto de la ciudad?

Resulta que esa tentación del campo es un lujo fácil de los citadinos que renunciaron hace tiempo a su ancestro campesino. Esos habitantes de ciudad que no piensan, ni mucho menos, en comprometerse con la suerte de quienes sí tienen que madrugar antes de que salga el sol, a quienes la angustia de la tierra se les mete en el cuerpo durante largas horas de trabajo mal remunerado por dueños de fincas que viven en la ciudad, claro, y viajan cada ocho días a sus tierras, movidos por un mendaz amor al campo que hace tiempo se volvió negocio.

La verdad es que la vida del campo, la de los campesinos, quiero decir, no es agradable ni alegre. Están sometidos a privaciones, a abandono y olvido, a explotación e injusticia, al mal pago de sus frutos y cosechas. Sin mencionar las múltiples violencias, que todos conocemos pero preferimos callar, con las que se adoba de sufrimiento y de muerte la paz campestre que nos inventamos cuando estamos atascados en urbanizaciones y avenidas.

Sería interesante someter a la gente de la ciudad a vivir en toda su crudeza lo que es la realidad del agro, lo que les toca aguantar a los campesinos. Entonces acabarían, como el personaje de Stendhal, buscando la paz del campo en un piso alto de cualquier urbanización de la capital 

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