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Columnistas | PUBLICADO EL 18 enero 2021

El valor de un café

Por Lina María Múnera G.

muneralina66@gmail.com

El Café Florian, fundado en 1720 y ubicado en la plaza de San Marco en Venecia, debió haber celebrado el pasado diciembre sus 300 años de historia como la cafetería más antigua del mundo. Sin embargo, esto no fue posible porque se encontraba cerrado, como todos los locales de esa plaza, a causa de la pandemia. Sus dueños se enfrentan a la tremenda posibilidad de que ya nunca más vuelva a abrir sus puertas y no sólo sus 80 empleados pierdan su trabajo, sino a que un símbolo de la historia europea desaparezca. A lo largo de los años, en sus mesas se han escuchado las voces de Goethe, Dickens, Proust, Wagner, Shelley, Casanova, Miró, Nietzsche y un infinito número de turistas que hoy en día estaban dispuestos a pagar sus precios prohibitivos.

Y como el Florian, muchos otros se enfrentan a un cierre inevitable en todas partes del mundo. Frente a este panorama es imposible no recordar a George Steiner, “mientras haya cafés, la idea de Europa tendrá contenido”. Y es que los cafés han sido, desde el siglo XVII, esos espacios donde el intercambio de ideas, el debate y la tertulia se volvieron accesibles para la gente del común. Los británicos plantaron en ellos sus debates políticos y las semillas de la revolución; en el Café Central de Viena Freud exponía sus teorías psicoanalíticas; en el Gijón de Madrid, García Lorca y Valle Inclán escribían, mientras por Les Deux Magots de París se escuchaban durante horas las voces de Sartre, Sabato, Camus, Rimbaud, Hemingway o Beauvoir.

Y ya en este lado del mundo, vale la pena recordar que la Bolsa de Nueva York se fundó en un coffee house de Wall Sreet donde solía reunirse un grupo de jóvenes corredores de bolsa; y que ciudades emblemáticas latinoamericanas como Buenos Aires, Río de Janeiro o Bogotá han tenido espacios magníficos como el Tortoni de Borges y Gardel, la confitería Colombo, símbolo de la Belle Époque, o el Automático capitalino, donde García Márquez buscaba estar lo más cerca posible de León de Greiff.

Estos lugares de convivencia desde los cuales se observa al género humano, se ve pasar el tiempo o se encuentra refugio frente a la soledad, continúan teniendo el mismo valor catártico aunque ahora en sus mesas nunca falte la versión 5.0 de sus jóvenes clientes. Entre modelos de portátiles cada vez más ligeros y potentes o chats incesantes en celulares, todavía puede verse esa necesidad tan humana de comunicarse y de sentir el calor residual de un encuentro.

Por nuestro bien hay que cuidarlos, hay que preservarlos, hay que visitarlos

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