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Columnistas | PUBLICADO EL 09 noviembre 2022

El palco estrecho

Quintero con sus escándalos de quinta distrae sobre lo realmente grave que sucede en su administración y, de paso, pavimenta el camino electoral de la derecha.

Por Ana Cristina Restrepo Jiménez
- redaccion@elcolombiano.com.co

“Corrupto”, de acuerdo con la dictadura de la Real Academia de la Lengua, significa: “Que se deja o ha dejado sobornar, pervertir o viciar”.

Pascual Gaviria trinó: “[...] Daniel Quintero es el farsante más grande que ha pasado por Medellín... Y corrupto para completar”. No me interesa la obviedad de si Gaviria está protegido por la libertad de expresión, sino cómo Quintero con sus escándalos de quinta ―por ejemplo, acosar judicialmente a un periodista respetado― distrae sobre lo realmente grave que sucede en su administración y, de paso, pavimenta el camino electoral de la derecha. Dice el diputado Luis Peláez: “Miguel y Daniel Quintero son los hermanos Moreno Rojas de Medellín”. (Valdría integrar a Álex Flórez al símil).

Un concejal del Centro Democrático exige evaluación psiquiátrica del alcalde. A esta oposición “inteligente” es necesario decirle que lo que requerimos es la eficiencia de la Contraloría y la Fiscalía: el diván puede esperar. José Ortega y Gasset decía que ser de derecha o de izquierda es “una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil”. Quintero domina todas las “infinitas maneras” para serlo.

Cuando Álvaro Uribe estaba en pantuflas, listo para retirarse del espectro público, Quintero le llevó serenata. Despertó de su letargo a la derecha más reaccionaria. ¿El resultado? “Debates” sobre si en las aulas de una universidad como Eafit (a la que me une la gratitud, no un contrato de trabajo) se puede discutir sobre la protesta social o el Informe de la Comisión de la Verdad, como si la voz de un joven indignado por la desigualdad o la del padre Francisco de Roux no fueran dignas de atención como las ideas de Friedrich Hayek o Ludwig von Mises.

En “Un trino provocador y un debate innecesario”, Guillermo Vélez se ufana: “No gastaré espacio respondiendo gilipolleces. Mejor ofrezco disculpas a los amigos que molesté”. Los pensamientos ajenos son “gilipolleces”. Se excusa solo con sus amigos: restringe el debate de lo público a su círculo cercano. ¿Esas excusas eran solo para... Manuel Santiago Mejía o para otros “más amigos” (y con más plata)?

Hanna Arendt, John Stuart Mill y César Vallejo sintetizan la humanidad. Me apoyaré en uno de ellos, ‘El palco estrecho’, del autor de Los heraldos negros:

“Más acá, más acá. Tú estás al borde,

y la nave arrastrarte puede al mar.

Ah, cortinas inmóviles, simbólicas...

Mi aplauso es un festín de rosas negras:

cederte mi lugar!

Y en el fragor de mi renuncia,

un hilo de infinito sangrará”.

La opinión es mucho más que un palco estrecho para observar el mundo y elevar o bajar el pulgar del César. El interés público es la única bandera del periodismo (informativo, interpretativo, de opinión). No es periodismo el que sirve a la protección de intereses particulares o se pliega ante círculos de amigos, políticos y empresarios.

Hasta hoy escribo en estas páginas. Es mi libre decisión. Mi gratitud para EL COLOMBIANO que me abrió sus puertas en 1994 como reportera de información y, desde 2008, como reportera de opinión.

A usted, quien me lee, mi gran amor: ¡Gracias!

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Si quiere más información:

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