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Muchas especies, más allá del punto de vista zoológico y botánico, se extinguen en el planeta. Digo especies también desde la perspectiva de las ideas, los asuntos y los temas. Entre ellos está aquel de los saberes absolutos. Los rígidos, los inamovibles, los infalibles. Los dogmáticos y los ortodoxos. Hoy vivimos el mundo de las fusiones, de las adaptaciones y de la flexibilidad.
Alguna vez sentimos que ya todo estaba inventado, pero no es cierto. Es mito. La hibridación de las distintas formas del conocimiento humano sigue estando al orden del día y de posibilidades casi infinitas.
Y esto vale para el terreno de las construcciones teóricas y científicas más complejas y sofisticadas hasta las necesidades y asuntos más cotidianos y ordinarios.
Esta visión, además, acaba de derrumbar aquella advertencia de un libro muy en boga hace 20 años: El fin de la historia y el último hombre.
La muerte de los regímenes totalitarios ha dado paso a los Estados de las libertades y los derechos. Ni dictaduras del proletariado ni comunismos de overoles uniformes, pero tampoco el imperio del capitalismo salvaje para que los monopolios y los ricos se ahoguen en billetes y los pobres en la desesperanza y el estiércol. Equilibrio, reciprocidad, tolerancia, solidaridad. Esa esperanza del entendimiento en las diferencias y de la colaboración constructiva, sin que nadie resulte aplastado, sometido, utilizado.
Es apasionante descubrir incluso que el reciclaje de ciertos idearios que se daban por descartados o fallidos, ahora, puestos en la licuadora de la (pos) modernidad producen manifestaciones ingeniosas, o incluso alcanzan a desatar fenómenos sociales de verdad revolucionarios, inéditos. Usemos una categoría de moda: procesos innovadores, que abren caminos, que muestran otras rutas y alternativas.
Si alguna vez creímos que los recursos y las matemáticas de las combinaciones de la inventiva humana habían alcanzado un momento, un punto finito, nos equivocamos. El fuego de la inteligencia está vivo y deslumbrante.
Hoy, tanto nos asombra un cocinero capaz de fusionar un bifé chorizo argentino con un “calentao de frijoles paisas”, como un joven que graba, edita y reproduce sus videos en las redes digitales y sociales, sin importar si habla de la comuna 13 en Medellín o de los skaters de La Castellana, en Madrid. Ya el mundo no se ve tan ancho y ajeno, sino, más bien, estrecho y cercano.
Se avanza si se amplían las fronteras de la mirada y del entendimiento. Pasando del egocentrismo a la aceptación de otros. Y se acierta, muy a menudo, cuando se mezclan y unen criterios de calidad humana y creativa. Esa cópula de la ética y la estética, en una cama donde es posible engendrar, aprender y practicar nuevas formas de comprensión y comunicación, para solucionar los problemas, interminables y eternos, de una especie, esa sí, que se resiste a la extinción: la precoz, incontenible y maravillosa especie humana.