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Y aunque no contó con protocolos, ni consentimientos, esta exposición a los aparatos y a las redes fue un experimento de magnitudes globales que no salió muy bien.
Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com
Al desacostumbrar la mirada, lo que ante nuestros ojos ha resultado normal, ordinario y corriente termina por difuminarse, dando lugar a las más extrañas, curiosas y singulares revelaciones. Y por más que hoy nos resulte habitual su uso, las formas en las que nos relacionamos con aquel prisma cuadrangular con pantalla, el teléfono celular, no solo son excesivas y extravagantes, sino inquietantes y distópicas. Aun cuando sea bastante común, la escena no deja de contener algo de desolador: resulta cada vez más frecuente que, encorvados, absortos y abstraídos, todos, todo el tiempo y en todo lugar, nos rindamos ante la seducción que nos provocan los contenidos inabarcables de las redes sociales. Ya sea que estemos en lugares públicos o privados, sea solos o acompañados, lo que las pantallas ofrecen puede llegar a ser más atractivo que lo que la vida real nos proporciona. La pantalla de nuestros celulares deviene en una ventana, cuya vista deja a nuestra disposición un universo de aplicaciones irresistibles, contenidos fugaces y tendencias adictivas.
Aquella herramienta, el celular, que nació para resolver una situación específica de nuestra vida en socidad, la comunicación, ha generado tantas posibilidades y suministrado tantos usos que su manipulación ha cooptado gran parte del día: como nunca antes, hoy le ofrecemos una cantidad no despreciable de tiempo al uso de estos aparatos. En Colombia, de acuerdo con DataReportal, una plataforma que recopila y publica informes sobre hábitos digitales, los colombianos dedicamos un poco más de cinco horas al día al uso del celular. Esta tendencia ha ubicado a Colombia, durante los últimos años, como uno de los países en los que más tiempo le otorgamos al teléfono, detrás de Sudráfrica, Brasil o Filipinas.
El celular se ha convertido en parte constitutiva de nuestra identidad: no hay persona sin un teléfono móvil y, conforme pasan los años, esta dependencia empieza a ser cada vez más palpable desde edades cada vez más tempranas. Su uso se ha extendido hasta generaciones que no solo no han logrado su mayoría de edad, sino que biológicamente aún no han terminado su desarrollo. El uso de estos aparatos desde tales edades ha sido, según el psicólogo Jonathan Haidt, el mayor experimento incontrolado que jamás se haya hecho con las generaciones más jóvenes. El experimento, según el psicólogo, consistió en exponer a generaciones muy jóvenes a un dispositivo, cuyos efectos en aquel entonces no conocíamos y que hoy, tras revelarse un par de indagaciones sobre sus efectos, sabemos que su uso está lejos de ser inofensivo.
Y aunque no contó con protocolos, ni consentimientos, esta exposición a los aparatos y a las redes fue un experimento de magnitudes globales que no salió muy bien. Por los picos de ansiedad que produjo, por la epidemia de depresión que desencadenó, por la adicción que nos genera, es crucial revisar y cuestionar perennemente la forma en la que nos relacionamos con ese aparato de dimensiones insignificantes que ha logrado cooptar nuestras horas y, con nuestras horas, parte de nuestra vida.