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Una vida, bien vivida, lo que da es pesar dejarla, porque vivir es bueno, y no son necesarias muchas cosas para justificarla.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Acabo de terminar de leer un libro de amor, de amor profundo por el padre. Al principio, cuando leí el título: “El jardinero y la muerte”, pensé que sería una lectura triste, después de todo, la caprichosa palabreja “muerte” siempre trae consigo ausencias y dolor y unas lágrimas inevitables; pero los libros que hablan de la muerte no siempre son tristes, una vez más lo compruebo, mucho más cuando la palabra que reina en esta historia es la bondad del jardinero.
Me gusta cuando encuentro libros así, cuando un hijo, el escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov, le rinde un homenaje a ese hombre que era jardinero y ahora es jardín y donde de entrada advierte, con cierto humor, que “al final de este libro el protagonista muere. Ni siquiera al final, más bien por la mitad, pero luego vuelve a estar vivo, en todas las historias de antes de irse y en las de después”. Y en realidad el padre muere, cómo no, pero durante todo el libro lo que se celebra es la vida del padre, el amor. Y por eso este libro es raro, porque no es un libro sobre la muerte, sino sobre la tristeza por la vida que se va, y eso es muy distinto. Una vida, bien vivida, lo que da es pesar dejarla, porque vivir es bueno, y no son necesarias muchas cosas para justificarla.
El jardín le salvó la vida tras el primer cáncer, le había dado 17 años de más. “El jardín era su otra vida posible, la voz callada y todo lo que había quedado sin decir. Hablaba a través de él, y sus palabras eran manzanas, cerezas, grandes tomates rojos. Lo primero que hacía cuando yo llegaba era enseñármelo. Cada vez era distinto”, recuerda Gueorgui de aquel hombre capaz de convertir cada terreno en un jardín, cada casa en un hogar.
Este libro cuenta muchas cosas sencillas, como que no nos han enseñado a envejecer, por ejemplo. ¿Qué se hace al final de la vida? ¿Cómo bajas el ritmo, cómo te acostumbras a que tu trabajo ahora consiste en descansar?, pero ¿qué clase de trabajo es descansar? ¿Cuándo es un momento oportuno para morir? O cómo no reflexionar sobre lo bonito de estar juntos, incluso con el dolor de la enfermedad que va trayendo la definitiva muerte; o sobre los afectos, esos que los ancestros no sabían mostrar, pero que era clara la existencia del amor. “No recuerdo que me besara de niño. Tampoco él recordaba que su padre lo besara. A los niños se los besa mientras duermen para no malcriarlos, eso es lo que solía decirse por estas tierras”. Solo los nietos empiezan a abrir boquetes en esa incómoda coraza.
Este libro es un regalo, una celebración, una mirada entrañable hacia el sentido de la vida, Por más muertes que nos falten, por más seres queridos que debamos despedir, o prepararnos para nuestra propia muerte, “no hay nada que temer”, como repetía el protagonista de esta historia, podemos quedarnos con la intencionalidad de la vida, con lo querido, con lo sembrado.