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Columnistas | PUBLICADO EL 11 marzo 2022

El Congreso es el núcleo de la democracia

La única forma de defender el espíritu de la democracia es demostrando que la ciudadanía es capaz de elegir un Congreso, entendido como órgano autónomo de poder.

Por Luis Fernando Álvarez Jaramillo - lfalvarezj@gmail.com

El Estado social de derecho, en su modelo occidental, se construye orgánicamente a partir del concepto de la división del poder en tres ramas que deben mantener conexidad y equilibrio, dentro de un esquema de pesos y contrapesos. Con este dibujo se evita que alguna de ellas asuma la perniciosa labor de superponerse a las demás y terminar con el equilibrio de poderes, sustento fundamental de la democracia.

Este esquema, así sabiamente concebido, se expresa con especial cuidado en el denominado sistema parlamentario, caracterizado por la importancia que tiene el parlamento como vocero máximo de la ciudadanía y el consecuente control que ejerce sobre los demás órganos de poder, especialmente el ejecutivo, debido, entre otras circunstancias, a que el jefe de Estado es una persona diferente de quien ejerce como jefe de gobierno y de la administración.

No ocurre lo mismo en el sistema presidencialista, el hecho que el presidente de la República asuma la jefatura total del poder (jefe de Estado, de gobierno y suprema autoridad administrativa), hace que, en la práctica política e institucional, el Congreso pierda importancia funcional, que tienda a ser cómplice con el ejecutivo y, por tanto, olvide, o por lo menos relegue a un segundo plano, el ejercicio de su función fundamental de control.

Estas realidades, más el espíritu del latinoamericano, en permanente expectativa por la llegada de un líder salvador, han llevado a que los gobernantes en este subcontinente se presenten y actúen como verdaderos monarcas, dueños del ser y pensar de las personas, especialmente si están al frente de sociedades con cultura política deficiente y creciente deseo de ser dirigidos por líderes mesiánicos de corte demagógico.

Estas circunstancias estimulan la aparición de jefes de Estado que se convierten en gobernantes autoritarios de larga duración en el mando, pues se consideran los únicos legitimados para ejercer el poder, sin más límites que su propio egoísmo, estimulados por un círculo de áulicos y unos órganos judiciales que poco a poco van cediendo a la tentación del “monarca” y dejan de cumplir su función de garante de los derechos constitucionales y sociales.

Las debilidades que puede llegar a mostrar la Justicia en la defensa del Estado de derecho, en medio de este dramático espectáculo, hacen que deba resurgir la figura del Congreso de la República, que históricamente representa la voluntad de todos los sectores de la sociedad. Es hora de que el discurso político del Congreso obedezca a su propia identidad y no a los deseos del presidente.

No es posible prever qué va a suceder en las próximas elecciones para presidente de la República, pero lo que sí es claro es que la única forma de defender el espíritu de la democracia es demostrando que la ciudadanía es capaz de elegir un Congreso, como órgano autónomo de poder, no simplemente para que comparta con un líder no siempre adecuado, sino para que ejerza sus funciones como centro del control y del ejercicio de la democracia 

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